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Voluntariado en Katmandú (Nepal)

Nada fue como creí que sería. He vivido una vida difícil en Katmandú, pero ha sido la mayor experiencia de mi vida.

La primera semana fue una gran odisea para mí, apenas sabía hablar y entender inglés, esto hizo que me sintiera un poco perdido, siguiendo a los demás todo el tiempo.


Esta primera semana la pase junto a otros voluntarios de todo el mundo en un albergue, donde nos daban clases de nepalí por las mañanas y nos mostraban sitios de Katmandú y sus costumbres para que fuésemos culturizándonos un poco antes de comenzar en nuestros orfanatos, donde desarrollaríamos nuestros proyectos.


Después de esta semana aprendí a defenderme  con el inglés al menos para poder comunicarme y entender lo que me decían. Conocí nuevos amigos y además hice un viaje con ellos a la ciudad de Chitwan, cerca de una reserva natural, donde vimos rinocerontes, cocodrilos y montamos en elefante. A la semana siguiente se nos trasladó a nuestros orfanatos,  yo iba acompañado con una chica de Turquía. Aquí empezaron los verdaderos problemas de Nepal.


Vivíamos en una casa con diecinueve niños y niñas encantadores que tenían entre cinco y dieciséis años y la pareja a cargo de ellos que resultaron ser para mí una decepción como personas.


Yo ya imaginaba la situación a la que me enfrentaría, sobre todo con las condiciones a las que viviría como la cama donde dormía que apenas era una manta que hacia como colchón, ducharse con agua fría de una ducha de la que a penas salía un fino chorro de agua, cuando había agua. Hacer mis necesidades en un váter común con todos y también, por supuesto cuando había agua, comer arroz blanco con un poco de caldo y, a veces, dos o tres trozos de verduras. Éste era el menú en cualquiera de las comidas del día y además sentados en el suelo. Pero lo que no imaginé que en ese orfanato estuviesen tan faltos de todo hasta el punto de que tenían que pedirme ayuda como con la compra de bombonas del gas, llenar el pozo de agua, comprar arroz, verduras, ropa, medicamentos, etc.


Con esto yo me sentí en una encerrona porque obviamente yo no tenía que ayudarles con mi dinero, ya que la coordinación ya estaba pagando bastante para que el orfanato pueda tirar hacia delante por el eco de que yo estuviera allí, pero si yo no ayudaba en estas ocasiones esta familia encargada de los niños no iban a comprar estas necesidades básicas, por lo que hubo días en los que vi como no comieron hasta llegar la cena o cómo pasaba una semana y nadie se podía duchar ni lavar la ropa porque carecían de agua potable, consiguiendo aguantar con algunas reservas de agua en botellas, cosa que también me repercutía a mí.


Entre tanto también disfruté con los niños como uno más de la familia y llegue hasta acostumbrarme a esta forma de vida. A cualquiera que le cuento como vivía, no se lo cree, pero es que tienes que vivirlo para comprenderlo. Del frío que hacía, tenía que dormir con gorro, bufanda y chaquetón. Los dientes me los lavaba con agua de botella que compraba diariamente. Al llegar la noche tenía que encender la linterna de  mi móvil para que pudiésemos ver en la oscuridad mientras se fregaban los platos o se cocinaba, ya que disponíamos de electricidad sólo unas cuantas de horas al día.


Todos estos problemas se olvidaban con los niños que daban su amor desde el primer momento. Se notaba mucho la ausencia de un padre y una madre en sus vida, alguien que les prestara su tiempo para darles el amor que necesitan.


Estuve también unos días de profesor de español en el colegio de los niños hasta que mi compañera y yo fuimos testigos de cómo los profesores pegaron a varios de nuestros niños por no llevar limpio el uniforme. No nos pareció lógica la forma en la que educan a los niños en esa escuela, a base de palos. Parece que es algo que no se puede cambiar porque la mayoría da el visto bueno a esas maneras. Así que nos pusimos serios para que los niños tuvieran siempre la ropa limpia y fuesen aseados, aunque era bastante difícil por la escasez de agua. Era increíble ver sus caras de felicidad  cuando les hacíamos alguna comida diferente o les comprábamos material escolar, fuese lo que fuese lo apreciaban con mucho entusiasmo. Allí no tienen absolutamente nada.


Más tarde percibimos un problema mayor de la cultura nepalí en nuestro orfanato. A la niña mayor de la casa la tenían trabajando para todo el orfanato. Sólo ella cocinaba para todos, limpiaba los platos de todos, la casa, la ropa de los demás y siempre pendiente de cualquier favor que les pidiese el hombre de la casa o la mujer.
Un día apareció con la cara morada por nuestra culpa, por intentar hablar con ella para que cambiase este abuso. Nos contaba que la trataban fatal, que le pegaban sin derecho alguno. Estaba allí aguantando, en silencio, para que en cuanto cumpliera los dieciocho años poder marcharse y comenzar a vivir.
 
Todo se me estaba echando encima. Estaba involucrándome demasiado con los niños, mezclando sentimientos en vez de tener una postura más profesional y objetiva que era lo que se me había asignado en un principio. Mi misión era crear con ellos actividades artísticas para desarrollar su creatividad.

Por todo esto decidí pasar las noches en un hotel durante un tiempo e ir al orfanato por las tardes, así desconectaba un poco de vivir en el mismo sitio donde trabajaba y había tantos problemas.
Pase muy buenos momentos en el hotel, hice una buena amistad con quien trabajaba allí que era un chico de mi edad.  Además me apunte a clases de nepalí por las mañanas y del arte marcial Jet kun do por las tardes. Recibía las clases en la misma azotea del orfanato.


Un poco más adelante un acontecimiento hizo que quisiera llamar al coordinador de Nepal para ver la posibilidad de cambiarme de orfanato. Ya se me ofreció anteriormente  esta posibilidad cuando les comentamos que no estábamos aquí para comprarles comida, pero le dijimos que no queríamos cambiarnos, queríamos seguir con aquellos niños, sólo queríamos que nos ayudaran con una gran compra de sacos de arroz y legumbres.


El suceso que realmente me hizo querer cambiarme fue una noche que fui a tomar un vino típico de Nepal con el encargado de llevar el orfanato que también era un fundador de él. Todo empezó bien, hasta que comenzó a hablarme sobre realizar con él negocios ilegales en Nepal. Parecía que llevaba ya tiempo haciéndolo. Me proponía casarme con una mujer nepalí para poder introducirla en Europa. Todo esto después  de haberme propuesto ir de prostitutas. Era una persona que me daba mala espina.


Ya no quería ver a este hombre más así que decidí cambiarme de orfanato. Mi compañera estaba ya cansada de esto,  no aguantaba más  y se volvió a su país. Yo me propuse aguantar dos meses más porque sabía que todo iba a cambiar. Me sentí y me siento fatal y decepcionado conmigo mismo por dejar aquellos niños que tanto me querían y disfrutaban conmigo,  pero en aquel momento quise pensar sólo en mi por un instante, llevaba un mes sin disfrutar del lugar tan mágico donde estaba por darlo todo a esos niños que lo merecían más.


Justo antes del traslado al otro orfanato donde estaban dos chicas voluntarias de Estonia, a quienes le ofrecieron hacer un viaje por todo Nepal acompañando un cámara que iba a realizar un documental sobre la cultura de Nepal y sus costumbres,  me ofrecieron unirme a ellos y  nos fuimos . El viaje estaba pensado para casi un mes pero estuvimos tan solo una semana. Estábamos casi todo el tiempo en autobuses, pero aun así descubrimos sitios fantásticos como Lumbini, el lugar donde nació Budda, lleno de templos budistas o Chisapani, un pequeño poblado perdido entre montañas y bosques con un gran río desde el cual veíamos mágicos atardeceres.


Al volver  fui directamente al nuevo orfanato con las chicas donde me acogieron todos de maravilla. Allí vivían treinta y tres niños y la familia a cargo del orfanato: una pareja con un hijo y una hija.
Este orfanato contaba con mejores instalaciones y tenía más cubiertas las necesidades imprescindibles para los niños. Esto ya era otra cosa. Aquí pasé mis últimos dos meses y cogí un gran cariño a todos. Ahora los llevo siempre en mi cabeza. Aquí había más niños y niñas de mayor edad  quienes me decían que nunca habían tenido voluntarios que les entendiesen tanto como yo, que hubiesen hecho tanto por ellos. Eso ha sido lo mejor que me he llevado.


En stos dos meses nos ofrecieron también pintar las aulas de un colegio porque sabían que me gustaba pintar murales. Así que cambiamos por una semana de proyecto y luego volvimos al orfanato a seguir con los niños. Después yo estuve una semana con mis padres que vinieron a visitarme y fuimos a ver Pokora, una ciudad preciosa entre montañas situada a orillas de un enorme lago, una zona de paz y tranquilidad donde se podía ver el  Himalaya bastante cerca.


A la vuelta comencé a asistir a clases de break-dance todas las tardes en el centro de la ciudad. Allí hice muy buenos amigos nepalís de mi estilo. Salí de fiesta bastante con ellos y mis compañeras, pinte graffitis en locales que me cedieron sus dueños. También conocí otros voluntarios en Nepal trabajando en colegios y otros orfanatos, casi todos trabajando con niños. Los días allí eran geniales con los niños, lo que recibí de ellos no lo recibí en mi país nunca.


Siempre me digo que por poco que haya hecho, algo habré tenido que repercutir en ellos, aunque sigue sin haber día en que no me lo cuestione.


Sebas. Málaga.

 

Escrito por el Multiplicador Cualificado Eurodesk, Intercambia Málaga

 

 

Publicado: Mie, 18/06/2014 - 10:10


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