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Comisión Europea

[Solo es válido el discurso pronunciado]

Jean-Claude Juncker

Candidato a Presidente de la Comisión Europea

Un nuevo comienzo para Europa

Alocución inaugural en la sesión plenaria del Parlamento Europeo

Estrasburgo, 15 de julio de 2014

El 25 de mayo, los ciudadanos europeos nos han hablado. Nos han enviado un mensaje contundente, aunque, a veces, contradictorio. Ahora, y en los próximos años, nos corresponde darles una respuesta. Responder a sus expectativas, sus angustias, sus esperanzas y sus sueños; porque en Europa hay espacio para el sueño. Es precisamente aquí, en el Parlamento Europeo, el centro de la democracia europea, donde voy a presentar las orientaciones generales que regirán la labor y la actuación de la próxima Comisión. Se trata, repito, de las orientaciones generales —orientaciones sumarias— que les he hecho llegar por escrito y en todas las lenguas oficiales, ya que todas las lenguas tienen la misma dignidad. En este punto, quisiera dar las gracias a los traductores que han dedicado toda la noche a un texto que no pude concluir hasta ayer por la tarde, a última hora. El programa detallado de la Comisión será elaborado por el Colegio de Comisarios y ustedes habrán de legitimarlo con su voto en otoño.

El Parlamento, que acaba de iniciar su mandato, constituye un Parlamento diferente a sus predecesores. Ustedes componen el primer Parlamento que elegirá realmente, en todos los sentidos del término, al Presidente de la Comisión. Y lo elegirán con un espíritu renovado. El día siguiente a las elecciones, insistieron en que había que tener en cuenta los resultados del sufragio universal. Al hacerlo, estaban otorgando su verdadero sentido, su verdadera significación democrática y política, al artículo 17, apartado 7, del Tratado de Lisboa. Sin su insistencia y sin su apoyo, ese artículo se hubiera quedado en letra muerta para siempre. Ustedes defendieron el principio democrático, con motivos sobrados para ello. Un Parlamento que impone la observación del principio democrático está realizando una noble labor y no es merecedor ni de críticas acerbas e injustificadas ni de juicios de intenciones erróneos. También deseo rendir homenaje a los demás candidatos cabeza de lista, que aportaron grandes dosis de vivacidad a nuestro debate democrático. Si la familia política de alguno de ellos hubiera ganado las elecciones, habría sido el primero en pedir a esta Asamblea que le confiriera el mandato de constituir la próxima Comisión.

El Parlamento y la Comisión son dos instituciones comunitarias por excelencia. Por lo tanto, es normal que el Presidente de la Comisión y el Presidente del Parlamento, por un lado, y el Parlamento y la Comisión, por otro, mantengan relaciones de trabajo y proyección privilegiadas. Obraremos en pro de la comunidad, no contra el Consejo Europeo o el Consejo de Ministros. Europa no se construye contra los Estados ni contra las naciones, que, lejos de constituir una invención pasajera de la Historia, tienen vocación de permanencia. Tanto el Parlamento como la Comisión obraremos en el interés general y mi deseo es que lo hagamos de consuno.

El Consejo Europeo propone al Presidente de la Comisión, pero ello no lo convierte en su secretario. La Comisión no es un mero comité técnico compuesto por brillantes altos funcionarios a las órdenes de otra institución. La Comisión es un órgano político. Yo deseo reforzar ese carácter: será muy política. Su composición debe reflejar la pluralidad de la mayoría ideológica que se está configurando. Me gustaría que el Consejo Europeo, al organizar su estructura interna, se inspirase en el mismo principio.

El Presidente de la Comisión es elegido por esta Cámara, pero ello no hace de él un mero receptor de órdenes. Yo no seré el ayudante de campo del Parlamento Europeo. Ahora bien, no duden ni un solo instante de mi voluntad de apartar de sus funciones a los comisarios a quienes ustedes retiren su confianza, ni de mi voluntad de dar seguimiento, en principio mediante una propuesta legislativa, a todas sus intervenciones y peticiones en tal sentido.

Tampoco se verá afectado el derecho a formular preguntas, que permanecerá inalterado.

Voy a pedir a los comisarios que asistan con mayor frecuencia a las reuniones más importantes de los diálogos a tres bandas y quisiera que el Consejo procediera de igual modo. Me aseguraré de que el registro de grupos de presión sea público y obligatorio. Deseo que los ciudadanos europeos sepan quién ha venido a ver a quién y quién se ha entrevistado con quién, y me gustaría que las demás instituciones nos siguieran en este planteamiento.

Me aseguraré de que se revisen las normas de procedimiento relativas a las diversas autorizaciones de OMG. No quisiera que la Comisión pudiese adoptar decisiones sin que una mayoría de Estados miembros le hubiera instando a hacerlo.

De manera más general, debemos renunciar a los debates ideológicos que no tienen otro objeto que el de alimentar las divisiones. Sustituyámoslos por debates productivos basados en convicciones sólidas y en ambiciones fructíferas. Escojamos el pragmatismo como método. Concentrémonos en realizaciones concretas que beneficien a todos los ciudadanos europeos. No agotemos a quienes nos observan con debates institucionales que nos alejan de lo esencial, es decir, del ciudadano europeo. E insto a que los Gobiernos se resistan a la tentación de criticar, al regresar a sus países, las decisiones que se hayan adoptado conjuntamente en Bruselas.

Si se ha dicho sí en Bruselas, que no se diga no en otro lugar. Que no se diga nunca más, tras una reunión del Consejo, que se ha obtenido una victoria y que los demás han perdido. En Europa ganamos juntos y juntos también perdemos.

Europa se ha vuelto incomprensible, porque no pocas veces transformamos su descripción en caricatura. Hemos de renunciar a la estrechez de miras nacional. En Europa, juguemos en equipo: apliquemos el método comunitario. Sí, es exigente, pero ha demostrado su eficacia, y es más creíble que las derivas intergubernamentales. Es necesario recuperar el método comunitario.

Europa ha perdido credibilidad.

La distancia entre la Unión Europea y sus ciudadanos es cada vez mayor. Hay que estar verdaderamente ciego y sordo para no darse cuenta.

Muy a menudo, la Unión Europea no se explica suficientemente y no pocas veces se ve obligada a tener que aclarar mejor lo que es Europa.

Europa necesita un programa de reformas de amplio alcance.

El mantenimiento del statu quo no es suficiente: debemos ampliar el abanico de medidas. Muy a menudo, la gente tiene miedo de las reformas, que perciben como una amenaza, como una fuente de riesgos. Pero no correr riesgos es mucho más peligroso. Debemos asumir riesgos para lograr una Europa más competitiva.

La Unión Europea ha perdido parte de su competitividad a nivel internacional y mundial.

Hemos perdido terreno debido a nuestro inmovilismo. Tendremos que luchar de nuevo por recuperar la ventaja.

A menudo se confunde la competitividad con el desmantelamiento social unilateral, pero la competitividad no se consigue mediante tales prácticas. Para garantizar la competitividad es preciso adoptar un enfoque multidimensional. La competitividad reviste una importancia esencial para que la Unión Europea resulte un lugar más atractivo tanto para los ciudadanos como para los inversores.

También hay que respetar el principio según el cual la economía debe estar al servicio de la ciudadanía, y no al revés. La economía ha de estar al servicio de la ciudadanía.

Así pues, las normas del mercado único no pueden prevalecer sobre las normas sociales, que de lo contrario solo serían normas mínimas. El mercado interior no siempre debe ser per se prioritario; la dimensión social debe tener también cabida en Europa.

Soy un firme partidario de la economía social de mercado. Lo que dijo Ludwig Erhardt fue «prosperidad para todos», no «prosperidad para algunos». «Prosperidad para todos» debe ser el principio rector en la economía y en la política social. Ante la crisis, a menudo se afirma que la economía social de mercado ha fracasado. No, Señorías, no es la economía social de mercado la que ha fracasado, sino aquellos que, por su afán desmedido de lucro, por su avaricia y por su política del dinero fácil, han ido en contra de los valores fundamentales de la economía social de mercado.

La economía social de mercado solo puede funcionar si existe un diálogo social. Ahora bien, el diálogo social se ha visto menoscabado durante los años de crisis. Ha de ser retomado a nivel nacional y, sobre todo, a nivel europeo. Me gustaría ser un Presidente del diálogo social.

Para evitar las deslocalizaciones es necesario el crecimiento, no programas coyunturales financiados mediante el endeudamiento que solo ofrecen beneficios pasajeros y no propician efectos duraderos en el mercado de trabajo. Lo que necesitamos es un crecimiento sostenible, durante varias décadas. Necesitamos un programa ambicioso en favor del empleo, el crecimiento, la inversión y la competitividad. ¿Por qué? Porque debemos atraer de nuevo hacia Europa a muchos ciudadanos europeos, porque debemos situarlos de nuevo en el eje de nuestra actividad. Las políticas de crecimiento, los planes de competitividad, los programas de inversión tienen un solo objetivo: volver a situar a las personas en el centro de la sociedad.

Actualmente se está configurando un 29º Estado en el seno de la Unión Europea. Es el Estado en el que viven los desempleados; un Estado en el que los jóvenes se convierten en parados; un Estado en el que asistimos a la exclusión, al rechazo y al abandono. Quisiera que ese 29º Estado miembro volviese a ser un Estado miembro normal. Por ello propongo un ambicioso programa de inversión. Tengo intención de presentar ese ambicioso programa de crecimiento, inversión, competitividad y creación de empleo antes de febrero de 2015.

Desearía que en los tres próximos años movilizáramos 300 000 millones de euros de inversión pública y, sobre todo, privada. Así lo haremos, y agradecería contar con el respaldo del Parlamento en tal empeño. Podemos lograrlo mediante la utilización selectiva de los Fondos Estructurales existentes y de los instrumentos actuales y futuros del Banco Europeo de Inversiones. Necesitamos inversiones coordinadas en proyectos de infraestructura, inversiones en el ámbito de la banda ancha y en las redes de energía, así como inversiones en las infraestructuras de transporte de los centros industriales. Necesitamos una reindustrialización de Europa. También necesitamos invertir en el sector industrial, en la investigación y el desarrollo y las energías renovables. Estas últimas no constituyen un ámbito reservado a los ecologistas bienintencionados. Las energías renovables y su desarrollo son indispensables para que la Europa del futuro pueda ofrecer ventajas duraderas, sólidas y sostenibles, directamente comparables con las de otros competidores mundiales, para ser un lugar de implantación atractivo.

Si aumenta sus inversiones, Europa será más próspera y tendrá más puestos de trabajo. Las inversiones son el mejor aliado de los desempleados. Al mismo tiempo, debemos extender la garantía juvenil. Me gustaría que eleváramos gradualmente el límite de edad de 25 años a 30 años. Solo podremos realizar inversiones selectivas si logramos avanzar en términos de reducción de la burocracia, en particular en relación con las pequeñas y medianas empresas.

Los pequeños empresarios no forman parte de la élite económica. Trabajan duro y crean empleo. Tenemos que hacer más en su favor, en particular eliminando con determinación la reglamentación y la burocracia excesivas. Debemos aplicar rigurosamente el principio de subsidiariedad. Desde el Tratado de Maastricht venimos debatiendo sobre la aplicación correcta de ese principio, sin llegar a hacerlo acertadamente. Nuestros debates consumen más tiempo que los esfuerzos que desplegamos para avanzar realmente en la reducción de la burocracia y para garantizar que la Comisión Europea —y la Unión Europea— se ocupe de los grandes problemas europeos, en lugar de inmiscuirse en todos los aspectos posibles de la vida de los ciudadanos. Cada problema que existe en Europa no debe convertirse en un problema de la Unión Europea. Debemos ocuparnos de los asuntos principales.

Como es obvio, señor Presidente, todo ello debe hacerse de conformidad con el Pacto de Estabilidad. No modificaremos las grandes líneas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Así lo ha dispuesto el Consejo Europeo y yo me atendré a esos principios en los próximos años.

La introducción de la moneda única vino acompañada de una promesa de estabilidad. La estabilidad no es solo una exigencia de partida, sino que se trata de una exigencia permanente. Europa no puede romper su promesa y yo tampoco lo haré.

Sin embargo, el Consejo Europeo ha señalado acertadamente que los márgenes de actuación que ofrece el Pacto de Estabilidad revisado en 2005 y 2011 también pueden utilizarse para aprovechar plenamente la dimensión de crecimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Así lo hemos hecho en el pasado y así lo seguiremos haciendo en el futuro, si cabe con mayor intensidad. A este respecto debo subrayar que lo que hemos emprendido y realizado en los últimos años no ha de subestimarse. He sido Presidente del Eurogrupo y estoy muy satisfecho de no ejercer ya ese puesto: no era precisamente una sinecura. Tampoco estoy seguro de que el cargo al que ahora me postulo resulte más agradable. No obstante, durante la crisis del euro —que no era una crisis del euro, en realidad, sino de la deuda— nos hemos visto obligados a reparar en pleno vuelo un avión en llamas. No siempre ha sido fácil ni se han atendido todas las exigencias del arte de la diplomacia o los sofisticados dictados estéticos de la política, pero sí hemos logrado que la zona del euro permanezca intacta.

Hace poco más de un año, especuladores de muy diversa índole apostaban por el colapso de la zona del euro. No se ha producido, sin embargo. En muchas plazas financieras se apostaba por que Grecia saldría de la zona del euro.

No he escatimado ningún esfuerzo para que Grecia, ese pueblo capaz, esa gran nación, siga siendo miembro de la Unión Económica y Monetaria Europea, y estoy orgulloso de ello.

Pero también hemos cometido errores. Reparar en pleno vuelo un avión en llamas no es tarea fácil; de cuando en cuando uno se quema los dedos.

Si en el futuro se debiera volver a recurrir a programas de ajuste, aunque no creo que sea necesario en los próximos años, me gustaría que, antes de su aplicación, fueran objeto de un estudio de impacto social muy minucioso. Quisiera conocer su incidencia en la vida de los ciudadanos.

En el futuro, no podrá haber ningún programa de ajuste sin un análisis previo de su impacto social.

Me gustaría que cada vez que se prevea un programa de ajuste se disponga de un plan alternativo, un plan B al que podamos recurrir si fallan las previsiones macroeconómicas. Cuando el crecimiento de un país sea inferior a lo previsto en un programa de ajuste, debe ser posible adaptar tal programa. Esta es la razón por la que soy partidario de que se elabore en paralelo un plan B.

La troika es, en mi opinión, un instrumento que tiene que ser repensado.

El Parlamento ha puesto de relieve en sus informes al respecto que, tal como funciona actualmente, la troika adolece de un déficit democrático. Le falta legitimidad democrática; carece de una dimensión parlamentaria. Es necesario redefinir la troika, hacerla más democrática, parlamentaria y política. Así lo haremos.

No podemos gastar el dinero que no tenemos. Hemos de sustituir las deudas y los déficits por ideas. Las ideas están ahí: debemos hacer un mejor uso de las oportunidades de la tecnología digital, que no conoce fronteras. Debemos romper la compartimentación nacional de la regulación de las telecomunicaciones, de los derechos de autor y de las normas de protección de datos. Tenemos que romper la compartimentación nacional en lo que atañe a la gestión de las ondas de radio. Debemos derribar esas barreras, esos obstáculos al crecimiento. Las tarifas de itinerancia en Europa tienen que desaparecer y desaparecerán. Si logramos configurar un verdadero mercado único digital, podemos generar crecimiento adicional por valor de 250 000 millones de euros en Europa. Así lo haremos.

Necesitamos, como se ha señalado a menudo durante la crisis ucraniana, una unión energética resistente, con una política sobre el cambio climático con visión de futuro. Hemos de reorganizar la política energética de Europa en una nueva Unión Europea de la Energía. Tenemos que mancomunar los recursos, combinar las infraestructuras y aunar nuestra capacidad de negociación respecto de terceros países. Tenemos que diversificar nuestras fuentes de energía y reducir la elevada dependencia energética de algunos Estados miembros.

Deseo que la Unión Europea se convierta en el número uno mundial en el sector de las energías renovables. Vamos a contribuir de forma significativa a mejorar la eficiencia energética más allá del objetivo fijado para 2020, sobre todo en lo que respecta a los edificios. Un objetivo vinculante del 30 % de eficiencia energética para 2030 es, a mi juicio, el mínimo si queremos ser creíbles y orientarnos al futuro. No podemos pretender ser líderes en la política de lucha contra el cambio climático si no aumentamos nuestra credibilidad en términos de eficiencia energética.

Hemos de completar el mercado interior. Si tenemos éxito en el empeño, sumaremos otros 200 000 millones de euros de valor añadido a la economía europea. Tenemos que lograrlo.

Hemos de complementar las nuevas normas europeas para los bancos con una Unión de los Mercados de Capitales. Para mejorar la financiación de nuestra economía, debemos proseguir el desarrollo y la integración de los mercados de capitales. Con ello se aminorará el coste de la captación de capital, en particular para las pequeñas y medianas empresas.

La libre circulación de trabajadores ha sido siempre uno de los pilares básicos del mercado interior, por lo que defenderé tal principio.

La libre circulación constituye una oportunidad, no una amenaza. Las normas no serán modificadas. Competerá a las autoridades nacionales luchar contra el abuso o las peticiones fraudulentas. Iniciaré una revisión limitada de la Directiva sobre el desplazamiento de trabajadores y de su aplicación. Tenemos que luchar contra el dumping social y así lo haremos.

Voy a luchar contra la evasión de impuestos y el fraude fiscal. Estoy a favor de la adopción, a nivel de la UE, de una base consolidada común del impuesto de sociedades y del impuesto sobre las transacciones financieras. Tenemos que luchar contra el blanqueo de dinero y así lo haremos.

Por lo que respecta a la Unión Económica y Monetaria, quisiera subrayar que la crisis no ha terminado.

«The crisis is not over».

La crisis no puede haber terminado mientras 25 millones de hombres y mujeres siguen en paro. La crisis habrá terminado cuando vuelva a haber pleno empleo. Para lograrlo, debemos coordinar mejor nuestras políticas económicas. Tenemos que configurar una gobernanza económica, y así lo haremos. Debemos seguir siendo exigentes por lo que respecta a la necesaria aplicación de las reformas estructurales que, a medio plazo, contribuirán al crecimiento de la economía europea. Si los Estados miembros de la Unión Económica y Monetaria han de llevar a cabo especiales esfuerzos, será preciso que reflexionemos sobre los incentivos financieros que completarán ese proceso. Será necesario, en este contexto, reflexionar sobre el establecimiento de una capacidad presupuestaria propia para la zona del euro.

Como una de las monedas más fuertes del planeta, tenemos que acabar con el ridículo de hacernos representar por múltiples representantes que, muy a menudo, se contradicen entre sí. Me gustaría que la Unión Económica y Monetaria y el euro estuvieran representados por un único asiento, un único puesto, una única voz en las instituciones de Bretton Woods.

Al mencionar Bretton Woods estoy mencionando el centro de los Estados Unidos, y quisiera aludir brevemente al acuerdo de libre comercio con ese país. Estoy a favor de la celebración de dicho acuerdo. Creo que los dos espacios económicos más amplios del mundo, que las dos mayores democracias del planeta, pueden combinar sus fuerzas en interés tanto de los americanos como de los europeos. Ahora bien, el acuerdo no se celebrará a cualquier precio. No podemos abandonar nuestras normas en materia de salud. No podemos renunciar a nuestras normas sociales. No podemos abandonar nuestros requisitos en materia de protección de datos. No quisiera que la protección de datos formase parte de la negociación con nuestros amigos americanos. Tampoco quisiera que estableciéramos jurisdicciones paralelas y secretas. Somos espacios en los que el Derecho tiene primacía, y tanto en los Estados Unidos como en Europa, garantizamos su aplicación.

Hagamos que las negociaciones estén sometidas a una transparencia máxima. Miren, si no publicásemos los documentos correspondientes —y no hablo de los documentos sobre las estrategias de negociación— el acuerdo fracasaría. Fracasaría ante las opiniones públicas, fracasaría ante este Parlamento y fracasaría ante los Parlamentos nacionales si alguna vez llegara a existir un acuerdo mixto. Por lo tanto, seamos más transparentes, ya que no tenemos nada que ocultar. No demos la impresión de ocultar algo, obremos con transparencia y hagamos públicos los documentos correspondientes.

La Unión Europea es una Unión basada en valores. Somos creíbles con respecto al resto del mundo si somos exigentes en materia de valores fundamentales en nuestro propio territorio. Me propongo nombrar a un comisario que será responsable de la aplicación de la Carta de los Derechos Fundamentales. Y quisiera que la UE se sumase lo antes posible al Convenio Europeo de Derechos Humanos del Consejo de Europa.

La Directiva antidiscriminación permanecerá sobre la mesa y trataré de convencer al Consejo de que la adopte lo antes posible, al menos en sus grandes líneas.

La inmigración legal y la inmigración ilegal son asuntos que ocupan casi a diario la atención de nuestros conciudadanos. Necesitamos una política común en materia de asilo, por lo que presentaré la propuesta correspondiente. Hemos de reflexionar sobre la inmigración legal, que resultará especialmente necesaria para Europa en los cinco próximos años. Imitemos el buen ejemplo de los Estados Unidos, Canadá y Australia. Podemos lograr lo que esos países han hecho desde siempre.

Protejamos nuestras fronteras exteriores, esto será más de su agrado. Protejamos nuestras fronteras exteriores. Luchemos contra los grupos delictivos que hacen fortuna con la desgracia de los demás. Ayudemos a quienes quieren venir aquí ya en sus propios países, antes de que se embarquen para cruzar el Mediterráneo. Y velemos por que se establezca una mayor solidaridad entre el Norte y el Sur de Europa. La inmigración ilegal y el problema de los refugiados no son los problemas de Malta, Chipre, Italia o Grecia, son problemas de toda Europa.

No me perderé en retórica sobre las relaciones exteriores. Necesitamos urgentemente una política exterior y de seguridad común. Quisiera que el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad dejase de verse frenado por los ministros de Asuntos Exteriores de los Estados miembros y me propongo velar por que así sea. Una política exterior común necesita también una imagen exterior común.

El Alto Representante, que debe disponer de una vasta esfera de competencias, contará con el apoyo de los comisarios responsables de otros sectores.

En materia de defensa no se trata de que la Unión Europea se convierta en un modelo alternativo a la OTAN. Ambas han de cooperar y trabajar conjuntamente. En el sector de la defensa debemos contar con una cooperación reforzada, como ya prevé el Tratado de Lisboa. En materia de contratación, en particular, hemos de colaborar mutuamente en vez de competir, para obtener lo que una y otra necesitamos.

En los cinco próximos años no se unirá a la Unión Europea ningún nuevo miembro. En la presente situación, es inconcebible que alguno de los países candidatos con los que se está negociando actualmente sea capaz de cumplir plenamente todos los criterios de adhesión antes de 2019. Sin embargo, las negociaciones se proseguirán y otras naciones y países europeos necesitan una perspectiva europea creíble y sincera. Esto concierne especialmente a los países de los Balcanes Occidentales. Esta región europea de trágica historia necesita la perspectiva europea. En caso contrario volverán a despertarse los viejos demonios del pasado.

Hubiera querido hablarles con más detalle de la necesaria política industrial que hemos de llevar a cabo en Europa para aumentar hasta el 20 % la cuota de la industria en el PIB de la UE. Hubiera querido hablarles con más detalle de Ucrania, a cuyos ciudadanos ahora me dirijo para decirles que les consideramos europeos y que tienen su lugar en Europa.

Hubiera querido explicarles en detalle por qué considero necesario que, en todos los países de la Unión Europea, establezcamos salarios sociales mínimos e ingresos mínimos de inserción garantizados. Actuaremos en este sentido.

Hubiera querido decirles que estoy convencido de que los servicios de interés general y los servicios públicos deben ser salvaguardados y no pueden quedar a merced de las modas de la época. ¡Defendamos el servicio público en Europa!

Hubiera querido hablarles con más detenimiento de África, un continente tan a menudo desafortunado y tan a menudo olvidado. Pero también rico en recursos, en particular, rico en recursos humanos. No nos olvidemos de África y velemos por que cese ese escándalo, esa tragedia y ese drama diarios, de que cada seis segundos un hombre muera de hambre y que cada día perezcan 25 000 niños por esa causa. Mientras 25 000 niños mueran cada día a causa del hambre, Europa no habrá finalizado su cometido. Europa tiene la responsabilidad de cambiar esta situación.

Sí, será necesario que comencemos de nuevo, que escuchemos la voz de quienes nos hablaron el 25 de mayo. Pero no es el momento ni de la revolución ni de la contrarrevolución. Si queremos que los europeos se vuelvan a enamorar de su Europa, digámosles cuán orgullosos estamos de ella. Digámosles que estamos orgullosos de mucho de lo que hemos hecho durante las últimas décadas.

Con frecuencia se afirma que ya no se plantea la cuestión de la guerra o la paz. Ahora bien, el diálogo poco edificante entre la guerra y la paz sigue siendo un tema europeo. Acabamos de descubrir en la periferia de la UE que la paz no es un visitante permanente del continente europeo.

Debemos estar orgullosos de la generación de nuestros progenitores, de la generación de nuestros abuelos, que, de regreso de los campos de batalla y de los campos de concentración, hicieron del «nunca más una guerra», ese eterno ruego de posguerra, un programa político que, hasta la fecha, ha demostrado sus beneficios. Sí, estamos en deuda con nuestros antepasados.

Debemos estar orgullosos de haber sido capaces, en los años noventa, de llevar a cabo la ampliación, de haber conseguido reconciliar la historia y la geografía europea y de haber puesto fin a ese funesto orden de posguerra, que preconizaba una Europa dividida en dos partes para siempre. Hemos reunificado, por la fuerza de la convicción, no de las armas, la geografía y la historia europeas, y desearía rendir homenaje a aquellos que, en Europa Central y Oriental, decidieron un día tomar en sus manos las riendas de la historia. Dejar de ser víctimas de la historia para forjarla con sus propias manos. Dejemos de hablar de los antiguos y los nuevos Estados miembros. Solo hay Estados miembros, ni nuevos ni antiguos.

También debemos estar orgullosos de haber establecido la moneda única. La moneda única no divide a Europa, sino que la protege.

Fui ministro de Hacienda en mi país durante veinte años. Cada seis meses debía viajar a Bruselas para asistir a los reajustes de los tipos de cambio. Cada seis meses vivía «en directo y a todo color» hasta qué punto el desorden monetario era peligroso para la economía europea. Fui testigo, numerosas veces, de la pérdida de dignidad sufrida por los Estados que, al no seguir siendo competitivos, debían devaluar su moneda. Asistí a escenas muy amargas, cuando quienes debían aumentar el valor externo de su moneda se negaban a hacerlo, por temor a perder mercados, y cuando quienes debían devaluar no se atrevían a hacerlo, por temor a una incursión masiva, al retorno caótico de la inflación.

Si durante los acontecimientos en Ucrania, si durante la crisis económica y financiera que nos ha afectado y que ha hecho de Europa el epicentro de una batalla mundial, hubiésemos estado todavía en el sistema monetario europeo, Europa se encontraría hoy inmersa en una guerra monetaria. Francia contra Alemania, Alemania contra Italia, Italia contra Portugal y España; todos contra todos. El euro, su disciplina y sus ambiciones garantizan que dispongamos de un orden monetario que nos protege. El euro protege a Europa.

Grecia no quería abandonar la zona monetaria. Y nosotros tampoco queríamos que Grecia la abandonase.

Si no hubiéramos obrado como lo hicimos en las últimas décadas, si no hubiéramos hecho de Europa un continente de paz, si no hubiéramos conseguido reconciliar la historia y la geografía europeas, si no hubiéramos establecido la moneda única y si no hubiéramos configurado en Europa el mayor mercado interior del mundo, ¿en qué situación nos encontraríamos en estos momentos? Estaríamos en una posición subalterna, desguazados, debilitados, indefensos. En la actualidad, gracias a la labor y las convicciones de nuestros predecesores, Europa es un continente que garantiza que sus ciudadanos puedan vivir en paz y en un relativo bienestar.

No quiero una Europa en los márgenes de la historia. No quiero una Europa que se limite a observar cuando los demás toman medidas y avanzan. Quiero una Europa que ocupe el centro del terreno, una Europa a la vanguardia, una Europa que gane, proteja, exista y sea un modelo para los demás. Para ello, inspirémonos en los principios y las convicciones que nos han legado los grandes europeos, que ya estaban allí mientras que nosotros aún no estábamos en ninguna parte. Déjenme rendir homenaje a Jacques Delors, gran Presidente de la Comisión. Ciertamente, no todo el mundo puede compararse con él, pero Delors es mi amigo y mi maestro, y su obra me inspirará cada día. Permítanme rendir homenaje a François Mitterrand, que señaló que los nacionalismos conducen a la guerra. Mitterrand tenía razón.

Y permítanme rendir homenaje a Helmut Kohl, el mayor europeo que haya tenido la fortuna de conocer.

Hagamos como ellos, que tuvieron paciencia, valentía y determinación. Tengamos la misma valentía, la misma determinación y la misma paciencia. Tengamos la valentía, la paciencia y la determinación que exigen los largos trayectos y las grandes ambiciones.

Podemos hacer grandes cosas juntos, para Europa, para sus ciudadanos y para todo el mundo.

Muchas gracias por su atención.


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