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Sobre Europa Consideraciones sobre el presente y el futuro de la Unión Europea

European Commission - SPEECH/14/355   08/05/2014

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Comisión Europea

[Solo es auténtico el texto pronunciado]

José Manuel Durão Barroso

Presidente de la Comisión Europea

Sobre Europa

Consideraciones sobre el presente y el futuro de la Unión Europea

Discurso de José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea

Universidad Humboldt de Berlín, 8 de mayo de 2014

«Nós estamos na Europa e é na Europa que nós nos salvamos ou nos perdemos todos»1

Eduardo Lourenço

En primer lugar, quisiera darles las gracias por su amable invitación a esta prestigiosa institución alemana y europea, la Universidad Humboldt. Me siento realmente emocionado de encontrarme en la universidad de Hegel, Max Planck y Albert Einstein. También les agradezco la oportunidad que me brindan de pronunciar en Humboldt esta conferencia sobre Europa. No lo he hecho antes porque pensé que era adecuado pronunciarlo a modo de legado, al final de mis diez años de experiencia en la Comisión Europea. Y también porque me han dicho que los estudiantes de esta universidad están acostumbrados a recibir clases de hora y media de duración. Yo intentaré que mi discurso sea un poco más breve. Pero creo que este es el momento y esta es la institución en los que puedo resumir, de forma muy directa, mi experiencia y mis propuestas para el futuro de Europa.

Señoras y señores:

Durante los últimos treinta años he participado activamente en el proceso de integración europea. No solo la última década como presidente de la Comisión Europea, sino también como ministro de Asuntos Exteriores y primer ministro de mi país, Portugal. Siento que, antes de dejar el cargo de presidente de la Comisión, es mi deber compartir mi experiencia y mis reflexiones acerca de cómo podemos construir sobre lo alcanzado hasta ahora y seguir adelante en el futuro.

Siento esta responsabilidad, y más que responsabilidad, esta pasión, porque en realidad siento pasión por Europa. Y creo que este es un buen momento para reflexionar y decidir sobre el futuro de nuestro continente.

La evolución de los acontecimientos, tanto positivos como negativos, durante los últimos diez años ha resultado ser, como mínimo, espectacular.

En efecto, la última década de la integración europea ha estado marcada por logros históricos, empezando por la ampliación, a partir de 2004, a países de Europa Central y Oriental y a otros países del Mediterráneo. Pero también ha estado marcada por crisis sin precedentes. En primer lugar, la crisis desencadenada por la imposibilidad de ratificar el Tratado Constitucional, que comenzó en 2005 y no se superó hasta 2009, con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Y, desde 2008, el crac financiero, que se convirtió en una «tormenta perfecta», combinación de crisis de deuda soberana, crisis económica y crisis social. Supuso una prueba de resistencia trascendental para la solidez de la Unión Europea y para la moneda única, el euro, en particular. Y exigió medidas excepcionales para abordarla e, incluso, la creación de instrumentos completamente nuevos.

Además de ello, actualmente nos enfrentamos a nuevos retos, como consecuencia de los recientes acontecimientos acaecidos en Ucrania y Rusia, probablemente el mayor desafío para la seguridad y la paz en Europa desde la caída del telón de acero y del Muro de Berlín.

Las lecciones aprendidas durante la última década aportarán al debate sobre el futuro de la Unión Europea una clara perspectiva, motivo por el que quisiera estimularlo con las consideraciones que a continuación expondré.

Las llamo consideraciones sobre el presente y el futuro de la Unión Europea porque estoy convencido de que la Unión Europea necesita seguir evolucionando y de que su evolución debe producirse de forma natural, no de forma brusca.

No les hablo de una revolución, sino de una reforma.

No de una contrarrevolución, sino de una evolución.

Señoras y señores:

La historia no avanza en línea recta, con facilidad y sin sobresaltos. Serpentea y da vueltas. Y de vez en cuando acelera inesperadamente. Actualmente vivimos un período de acontecimientos cada vez más rápidos y, tanto en Europa como a nivel internacional, los Estados y otros agentes se esfuerzan por hacerles frente.

Desde su inicio, la integración europea ha sido siempre una forma de abordar tales cambios, una forma de ayudar a los Estados a adaptarse a los retos históricos que superan su poder individual.

Una vez más, la evolución durante la última década da testimonio de la extraordinaria adaptabilidad y flexibilidad de las instituciones de la Unión Europea. Podríamos incluso hablar de su «plasticidad», pues adaptan la forma manteniendo la sustancia.

Entonces, ¿cuál es la sustancia, la esencia del proyecto europeo?

En su primera fase, que podríamos denominar «Europa 1.0», concebida tras la Segunda Guerra Mundial, el proyecto europeo consistió en salvaguardar la paz y la prosperidad en la parte libre de Europa mediante la integración económica y basándose en la reconciliación francoalemana.

Rediseñada tras la caída del telón de acero y del Muro de Berlín, «Europa 2.0» —así podríamos llamarla— se centró en extender las ventajas de los mercados abiertos y la sociedad abierta a una Europa ampliada y reunida.

Con las repercusiones de la crisis económica y financiera y el surgimiento del mundo multipolar de la globalización, comenzó la tercera fase de la integración europea. Es hora de ponernos al día, y pasar a lo que podríamos denominar «Europa 3.0».

Cada etapa de este proceso ha dado lugar a una Unión Europea más interactiva, más compleja y con un impacto más profundo, pues los retos eran cada vez mayores y más inaprensibles y requerían formas de cooperación más elaboradas.

Ahora, la tercera fase consiste principalmente —o debería consistir principalmente— en lograr el poder y la influencia necesarios para salvaguardar la paz y la prosperidad de Europa en las condiciones de globalización. La crisis económica y financiera ha puesto especialmente de manifiesto que era indispensable mejorar la gobernanza en la zona del euro para la sostenibilidad a largo plazo de la moneda única. Otros pasos institucionales de carácter más político pueden llegar también a ser indispensables. Por supuesto, el reto consiste en hacerlo de tal manera que se mantenga la integridad del mercado interior y de nuestra Unión en su conjunto. Una cooperación reforzada de múltiples velocidades en Europa puede llegar a ser necesaria. Pero hasta ahora se ha evitado —y deberá evitarse siempre a toda costa—una multiplicidad de Europas. De modo que: sí a la flexibilidad, no a la estratificación.

Antes de centrarnos en estos retos institucionales, y especialmente en la cuestión del poder y la influencia de Europa en el mundo, no olvidemos que, desde la creación de las Comunidades Europeas, los objetivos principales —la paz y la prosperidad— siguen siendo esenciales hoy en día. Los acontecimientos recientes lo corroboran.

Paz y estabilidad, porque las muy reales amenazas a los cimientos económicos de Europa llegaron a socavar la confianza en nosotros mismos y dieron lugar a un pánico casi surrealista y autoalimentado, que puso en peligro el propio tejido de la unidad europea. El potencial deshilachamiento del euro fue visto como el comienzo del deshilachamiento de Europa. No cabe duda de que, en caso de haberse producido, habría vuelto a dividir a Europa en economías y, por tanto, en sociedades de primera y de segunda clase. Y con toda certeza habría acabado con la visión de un continente de iguales, unido en una unión cada vez más estrecha.

Es cierto que han surgido fricciones entre Norte y Sur, entre ricos y pobres, entre países deudores y países acreedores, y entre el centro y la periferia. Pero no hemos permitido que esas fricciones fragmentaran Europa. Por el contrario, avanzamos más que nunca en la historia reciente por la vía de la profundización de nuestra Unión Económica y Monetaria, manteniendo plenamente los principios que preservan la integridad de la Unión Europea en general. De hecho, las instituciones de la Unión Europea, desde la Comisión Europea hasta el Banco Central Europeo han visto reforzados su poder y sus competencias. Algunas de estas competencias eran inimaginables hace unos años, antes de la crisis. El nivel europeo no ha hecho más que cobrar importancia. Desde el punto de vista de la esencia económica, ha sido la más profunda transformación institucional desde la creación del euro.

Quienes afirmaban que el discurso de la paz para la integración europea formaba parte del pasado no tienen más que fijarse en Ucrania. La paz nunca es una certeza definitiva y absoluta. La paz debe ganarse una y otra vez, generación tras generación, mediante la unidad europea y mediante acciones europeas conjuntas, tanto en Europa en sentido amplio como a escala internacional. La idea de la paz sigue siendo tan estimulante como siempre lo ha sido para la integración europea.

Prosperidad, que hizo que la Unión Europea fuera tan atractiva desde el comienzo de la integración europea y que también se ha visto alterada con la crisis económica y financiera. Esta ha sido una crisis de modelos de crecimiento, que ha desenmascarado los intentos de inflar el crecimiento económico mediante magia financiera y de sostener el crecimiento mediante deuda pública o privada, como estaba ocurriendo en la economía estadounidense y en la europea.

Ahora, mediante la innovación y las reformas estructurales, emprendemos de nuevo el difícil camino de la competitividad a nivel mundial. Los países más afectados están reaccionando extraordinariamente. Irlanda, España y Portugal han progresado remarcablemente. Precisamente esta semana, mi país, Portugal, ha anunciado que abandonará el programa sin pedir más ayuda de la Unión Europea. A pesar de todas las dificultades, Grecia y Chipre también van por buen camino. En contra de los numerosos vaticinios, no solo nadie ha salido de la zona del euro, sino que Letonia, tras realizar un esfuerzo impresionante, ha podido entrar. Los países europeos están aplicando las lecciones aprendidas con la crisis acerca de la deuda y los desequilibrios macroeconómicos. Las economías están reformándose, aunque algunas, entre ellas las más grandes, deben acelerar para obtener los resultados perseguidos. Y estos esfuerzos ya no son individuales, sino que cada vez sintonizan más con las políticas y los efectos que se observan más allá de las fronteras.

Europa necesita legitimarse de ese modo mediante resultados, que solo pueden obtenerse poniendo un continuo énfasis en la innovación y la reforma: reforma de nuestras estructuras económicas, de las administraciones públicas, de los mercados de trabajo, del mercado interior, de las políticas en materia de energía y clima, etc. Obtener estos resultados forma parte de nuestra comunalidad necesaria.

No cabe duda de que algunos de estos ajustes han sido muy dolorosos. Y hemos vivido una situación de emergencia social en algunos de nuestros países. Pero también es preciso señalar que, con o sin el euro, con o sin la Unión Europea, esos ajustes habrían tenido que producirse de algún modo. Y que ni el euro ni la Unión Europea eran la causa de las dificultades. De hecho, Europa no era la causa del problema, sino que es parte de la solución.

La economía social de mercado europea se basa en un modelo social único. Aun con sus variantes nacionales, nuestro estado de bienestar nos diferencia de las demás grandes economías y sociedades, desde las economías desarrolladas hasta las emergentes. Es muy valioso para nuestros ciudadanos. Un modelo que abarca los valores que asumen —la combinación única de responsabilidad personal y de solidaridad con la sociedad y entre las distintas generaciones—. Un modelo que aporta los objetivos a los que aspiran, como la seguridad en la vejez y en la adversidad. Solo mediante la cooperación y la adaptación salvaguardaremos nuestra economía social de mercado.

Volviendo a la cuestión principal de lo que hemos denominado tercera fase de la integración europea, la de la influencia y el poder, hemos de reconocer que, para salvaguardar la paz y la prosperidad en Europa, necesitamos una Unión Europea que esté mucho más dispuesta a proyectar su poder e influencia en el mundo. Durante la crisis, la confianza en la influencia mundial de Europa se vio gravemente afectada a escala internacional. El atractivo mundial del modelo económico europeo disminuyó temporalmente y, con ello, se pusieron en tela de juicio nuestros valores y nuestra autoridad como potencia mundial. Ahora tenemos que contraatacar y recuperar nuestro papel y nuestra influencia. El reto de la globalización va mucho más allá de la economía. Es necesario replantear nuestro enfoque diplomático. Es necesario que pongamos en común nuestras capacidades de defensa. Hoy más que nunca, debemos mantener vivos nuestros valores.

El sistema mundial también está adaptándose, forjando un nuevo orden. O contribuimos a darle una nueva forma o perderemos el tren del futuro. También en este punto, los acontecimientos en torno a Ucrania nos hacen ver la necesidad de estar alerta y el imperativo de permanecer unidos. O Europa avanza en su cohesión y predisposición para proyectar su poder y su influencia o se verá abocada a la irrelevancia.

Estamos obligados a hacer que la situación interna de la Unión Europea sea más estable.

Tenemos que colmar varias lagunas. Hay un vacío de gobernanza, pues los Estados miembros por sí solos ya no tienen lo necesario para dar a los ciudadanos lo que necesitan, mientras que las instituciones europeas siguen careciendo de parte de las herramientas para hacerlo. Hay un vacío de legitimidad, pues los ciudadanos perciben que las decisiones se adoptan a un nivel que dista demasiado de ellos. Y las expectativas no son realistas, pues la gente espera más de lo que el sistema político puede ofrecer. Los Estados miembros no disponen de ningún automatismo para ponerse de acuerdo sobre las herramientas necesarias para subsanar estas carencias a nivel europeo, por lo que existe la clara necesidad de definir la comunalidad que queremos, de lo cual depende nuestro papel en el mundo.

Solo lograremos la estabilidad con un nuevo equilibrio a un nivel de comunalidad más alto.

Señoras y señores:

No obstante, nadie dijo que la adaptación, aunque innegablemente necesaria, fuera a resultar fácil.

Los cambios profundos constituyen retos particularmente difíciles para los países europeos que, al ser democracias, tienen que pensar no solo en qué necesitan, sino también en cómo lo obtienen. No basta con aceptar las nuevas realidades, tenemos que asumirlas con convicción y garantizar que van en beneficio de todos. Recuerdo haber oído a jefes de gobierno decir lo siguiente en reuniones del Consejo Europeo: «Sabemos lo que tenemos que hacer. El problema es que, si lo hacemos, perderemos las próximas elecciones».

Esto no puede ser una excusa para no hacer lo que hay que hacer, para no emprender el duro camino de la convicción. «Rendre possible ce qui est nécessaire» (Hacer posible lo que es necesario) es condición indispensable para un gobierno responsable.

No es una prueba solo para la Unión Europea. Gobiernos de todo el mundo se enfrentan a retos similares de formas diversas. Una vez más la democracia demuestra ser la manera mejor y más estable de enfrentarse a ellos. No obstante, al mismo tiempo, la democracia, más que ningún otro sistema, exige capacidades de estadista y un liderazgo valiente.

El impulso para llevar a cabo las primeras fases de la integración europea, contrariamente a la percepción popular en algunos lugares, ha venido tanto desde arriba como desde abajo.

Fue el caso de los movimientos de resistencia, los sindicatos y los emprendedores que se unieron tras los horrores de la guerra. Fue el caso de los jóvenes alemanes y franceses deseosos de atravesar las fronteras mentales y reales durante la década de los cincuenta. Fue el caso de los griegos, portugueses y españoles, que, en los setenta, se liberaron de sus dictaduras para sentirse parte de Europa, al considerar que los regímenes en los que vivían no tenían la capacidad ni la voluntad necesarias para adaptarse mientras el mundo giraba sin ellos. Fue el caso, en los ochenta y los noventa, de los europeos del Centro y el Este, desde Solidarność en Polonia hasta la Revolución de Terciopelo en Praga, desde los movimientos de independencia de los países bálticos hasta los húngaros, que fueron los primeros en abrir el telón de acero. Todos ellos asimilaban en gran medida la recuperación de la democracia a la pertenencia a la Unión Europea. Eso sintió mi generación en Portugal, y lo mismo sintieron más tarde las generaciones de Europa Central y Oriental. Fueron conscientes de que, citando a Vaclav Havel, «Europa es la patria de nuestras patrias».

Hablando en Londres en 1951, Konrad Adenauer describió cómo esa profunda comprensión de lo que estaba en juego hizo que Alemania desempeñara un papel tan decidido en las primeras fases de la integración europea. «No es únicamente el temor al bolchevismo lo que nos impulsa», afirmó, «sino también el reconocimiento […] de que los problemas a los que debemos enfrentarnos en nuestra época, a saber, el mantenimiento de la paz y la defensa de la libertad, solo pueden resolverse dentro de esa comunidad más amplia. Esta convicción es compartida en Alemania por las masas […]. Quisiera señalar a este respecto que, el 26 de julio de 1950, el Bundestag alemán se pronunció unánimemente a favor de la creación de una Federación Europea».

Hoy en día este amplio apoyo político y social es tan esencial como siempre. No podemos movernos hacia adelante sin impulso. No podemos y no debemos forzar a la opinión pública. Pero podemos intentar forjar el consenso que necesitamos. Aquí surge la cuestión del liderazgo político. El liderazgo consiste en asumir la responsabilidad. El liderazgo no consiste en seguir tendencias populares o populistas. Porque la Unión Europea no es lo que era. Ha madurado para convertirse en un sistema democrático de gobernanza cada vez más pleno, en especial a través del Tratado de Lisboa, un sistema cuyo impacto sobre la vida de las personas va mucho más allá de las versiones anteriores. De hecho, hemos estado construyendo lo que antes no era más que una aspiración, es decir, una unión mucho más estrecha.

Por ello ya no bastará con meras deliberaciones burocráticas, tecnocráticas y diplomáticas. Incluso la práctica de celebrar cumbres políticas ha tocado techo. Necesitamos un nuevo debate y un nuevo diálogo para seguir avanzando: un verdadero compromiso con el proyecto europeo tanto a nivel nacional como transnacional.

Este es realmente el quid de la cuestión: las políticas y el marco decisorio solo pueden funcionar si existe un consenso sobre la comunalidad acordada y sobre la forma de alcanzarla.

El carácter sui generis y de trabajo en marcha del proyecto europeo queda reflejado a partir de Maastricht en todas las discusiones sobre los tratados que han dominado el debate. Desde entonces, la crisis económica y financiera ha vuelto a plantear una serie de cuestiones sobre los tratados. Y la cuestión constitucional no ha quedado al margen.

Quisiera argumentar que no se puede dar una respuesta definitiva a esta cuestión, desde luego no ahora mismo.

Quienes se adhieren al paradigma ultraintegracionista no pueden ignorar que la gran mayoría de la gente no quiere que la unidad europea vaya en detrimento del Estado nación. Quienes adoptan una perspectiva meramente nacional o intergubernamental no pueden ignorar que los Estados nación ya no bastan por sí mismos para ofrecer a los ciudadanos lo que estos esperan. No tiene sentido intentar señalar un punto final conceptual para la integración europea, ya sea en uno u otro sentido.

Lo sensato es seguir otro rumbo. En cada fase, la integración europea se basó en un objetivo claro, en una idea clara de la necesidad de Europa. Los medios para ello, los tratados y las instituciones, han seguido siempre a la voluntad política.

Así que ahora, antes de debatir sobre los detalles técnicos de otro tratado más, debemos dar respuesta a las siguientes preguntas: ¿qué tipo de comunalidad reconocemos como necesaria, indispensable e inevitable entre las capitales y Bruselas? ¿Qué cosas, sean las que sean, reconocemos que debemos decidir hacer juntos? ¿Cuál es la finalidad acordada, establecida y conjunta de nuestra Unión? ¿Hasta qué punto unimos nuestros destinos, irrevocablemente y sin reservas? En resumen, ¿cuál es nuestra visión?

La crisis marcó el final de la época del «consenso implícito», de la naturaleza casi intuitiva de la integración europea. Ahora el consenso debe ser explícito. Ha llegado el momento de celebrar un debate político y social sobre el tipo de comunalidad que queremos en la UE; sobre la amplitud y la profundidad que queremos que tenga la integración; sobre quién quiere participar y en qué; y con qué fin.

Señoras y señores:

Permítanme que les exponga brevemente la política, los principios y los ámbitos de las políticas a los que creo que debemos dedicar el grueso de nuestros esfuerzos para lograr ese consenso.

En abril de 1978, Roy Jenkins, por entonces presidente de la Comisión Europea, se encontró en una situación que, décadas más tarde, yo mismo viví muy de cerca.

«La economía de la Comunidad», afirmó Jenkins, «tiene que ver con el empleo y las industrias en declive, la estabilidad monetaria, la política regional y las opciones energéticas; todos ellos asuntos de política, no de burocracia». Y, si bien parecía estar diciendo una obviedad, llegó a una conclusión interesante: «Aunque algunos piensen lo contrario, la construcción de las instituciones comunitarias se ha llevado a cabo minuciosamente y, de hecho, las instituciones han ido adaptándose con el tiempo para permitir la interacción entre las disputas y su resolución, tanto a nivel político como técnico. No son perfectas…, pero ahí está el marco para la toma de decisiones».

De hecho, muy a menudo, se ha tenido, y se sigue teniendo, la tentación de poner los debates sobre el «marco para la toma de decisiones» por delante de lo que Roy Jenkins llamó la «esencia política».

Con demasiada frecuencia, los debates europeos sobre las políticas se dirimen únicamente en términos institucionales o constitucionales. La obsesión por el marco decisorio ha desviado la atención de las políticas y de la política que se necesitan. En lugar de tomar decisiones, discutimos sobre cómo tomarlas y sobre quién ha de hacerlo.

Hoy alertaría contra esto, del mismo modo que lo hizo Jenkins hace cuatro décadas.

Los retos que nos esperan en esta tercera fase de integración europea deben ser examinados desde la perspectiva, en primer lugar, de la política necesaria; en segundo lugar, de las políticas; y, solo en tercer lugar, del marco decisorio adecuado para lograr lo anterior. Por este orden.

Por tanto, el debate sobre el futuro de Europa debe versar principalmente sobre la política y las políticas, no sobre instituciones y tratados. Debemos debatir lo que queremos hacer juntos, y el porqué. Si no hay consenso sobre esto, podemos estar debatiendo eternamente las cláusulas de subsidiariedad y las cláusulas de exención sin lograr convencer ni satisfacer a nadie. Debemos decidir, a nivel individual y colectivo, lo que queremos hacer juntos y lo que no necesitamos o no queremos hacer juntos.

El marco para la toma de decisiones en la Unión Europea ha evolucionado muchísimo con el paso de los años, no solo desde la época de Jenkins, sino también durante mi presidencia. Si comparamos la situación de hace veinte años con la situación actual, la evolución es sorprendente. Y no me refiero solo a las competencias, sino básicamente a los métodos y a la dinámica del proceso de toma de decisiones. Tuve el privilegio de participar en las reuniones del Consejo desde 1987 y en el Consejo Europeo entre 1992 y 1995. Y puedo dar fe de que las diferencias son considerables. En algunos casos, la propia cultura de las instituciones ha experimentado cambios fundamentales.

A principios de la década de los noventa, la Comunidad Europea todavía giraba en torno al Consejo. Cierto es que la Comisión disponía del derecho de iniciativa, pero los poderes de decisión, en su mayoría, residían en los Estados miembros. Desde entonces, tanto nuestro sistema como el proceso han sufrido un cambio profundo.

Sobre todo con el aumento de poder del Parlamento Europeo, que ha pasado de ser una asamblea consultiva a convertirse en indispensable colegislador, aunque el propio Parlamento todavía duda a menudo entre su «rôle tribunitien» (papel tribunicio) y su «rôle décisionnel» (papel decisorio). En el Parlamento Europeo, hay quien no ha superado del todo la tentación de pedir sin tener en cuenta la viabilidad de lo que pide —concretamente, se han infravalorado las condiciones políticas para la toma de determinadas decisiones—. Y hemos visto que algunos prefieren desempeñar una función de protesta, o incluso antisistema, antes que un papel más en consonancia con la necesidad de lograr resultados pragmáticos con las demás instituciones. Probablemente ello se deba a que el Parlamento no dispone de su propio derecho de iniciativa. Pero hemos de reconocer que, en general, la contribución del Parlamento ha sido constructiva. Al final, a lo largo de la última década, el Parlamento ha apostado fuerte, pero en última instancia ha respetado las reglas del juego: desde la adopción del presupuesto de la Unión Europea hasta la conclusión de la unión bancaria.

Las relaciones entre los Estados miembros también han cambiado mucho, como consecuencia de la diferente dinámica que conlleva el paso de los doce que éramos en 1992 o 1994, por ejemplo, a los veintiocho que somos ahora. En contra del mito de Bruselas, no es tanto una cuestión de tamaño y poder, sino de visión y de agenda. Puedo comparar la dinámica del Consejo Europeo en 1992 o 1994, cuando éramos doce miembros y los ministros de Asuntos Exteriores participaban en las reuniones, con la de hoy en día. Recuerdo bien a Helmut Kohl, François Mitterrand o Felipe González en esas reuniones, por lo que puedo establecer la diferencia entre la dinámica de esos Consejos Europeos y los actuales.

Algunos gobiernos se sientan a debatir con actitud defensiva, otros lo hacen con una única cuestión y hay incluso quienes lo hacen con una manifiesta falta de interés. Solo unos pocos líderes llegan con una idea panorámica, un enfoque global. En cierta medida, se sienten responsables de Europa. Pero no todos sienten el mismo grado de responsabilidad. Y esta responsabilidad es la que confiere ventaja en un proceso político como el de la UE.

Como consecuencia de lo anterior, también la gravitación en torno al Consejo ha sufrido grandes cambios. Hubo un tiempo en que, de acuerdo con los tratados, el Consejo de Asuntos Generales, compuesto por los ministros de Asuntos Exteriores, constituía la cumbre política del Consejo. Esta situación ha dado un vuelco hacia el Consejo Europeo. Europa se ha convertido en «Chefsache» (asunto de jefes). El Consejo Europeo, el organismo que reúne a los líderes nacionales, ha ido cobrando importancia, incluso antes de que el Tratado de Lisboa le confiriera más operatividad y estabilidad mediante la creación del cargo de presidente permanente. Es cierto que su dinamismo se debe en parte a la especificidad de la crisis económica y financiera: la necesaria movilización rápida de recursos financieros que solo los Estados miembros pueden ordenar. Es posible que esto, con el tiempo, remita. Los jefes de Estado o de Gobierno tendrán que considerar que su función no es solo nacional, sino también europea.

El paso del Consejo al Consejo Europeo ha conllevado, no obstante, algunas lagunas en materia de aplicación. Por ejemplo, el voluntarismo inicial de solicitar repetidamente la celebración de Consejos Europeos o Cumbres de la zona del euro ante cualquier asunto nuevo, que dio lugar a una sucesión de reuniones, tenía la ventaja de presionar a los líderes para que tomaran decisiones. Pero también trivializó las cumbres y acentuó la sensación de que las decisiones se quedaban siempre cortas y su aplicación era demasiado tardía, ya que, a menudo, a nivel nacional no se daba curso a las decisiones adoptadas por los jefes de Estado o de Gobierno. La presión era excesiva y la precisión, escasa.

De todo ello, la Comisión surge como la referencia indispensable y reforzada. A lo largo de toda la crisis, la Comisión ha mantenido siempre su derecho de iniciativa. Y su talento de iniciativa —si se me permite llamarlo así—, que empezó con Walter Hallstein y que Jacques Delors desarrolló, siempre ha estado presente y, de hecho, ha estado en el origen de los conceptos decisivos: desde la creación del MEEF, el FEEF y, más tarde, el MEDE, basados fundamentalmente en propuestas de la Comisión, hasta la unión bancaria2; desde la iniciativa sobre la emisión de bonos para la financiación de proyectos hasta sus propuestas legislativas sobre la reforma de la gobernanza económica, incluido un nuevo pacto de estabilidad y crecimiento. La Comisión ha seguido siempre un planteamiento genuinamente europeo en el ejercicio de su derecho de iniciativa.

Curiosamente, nada ilustra mejor lo inevitable del papel de la Comisión como el Tratado Fiscal intergubernamental. A lo largo de todo el proceso de negociación, la Comisión fue una fuente indispensable de conocimientos y de técnica legislativa creativa en torno a la mesa de debate. Al final, incluso en este contexto —el intergubernamental—, fue la Comisión quien tuvo que dar un paso al frente para garantizar una buena aplicación. El hecho de que la Comisión, para obtener resultados, a veces sea capaz de no reclamar toda la gloria para sí no debería confundirse con un debilitamiento de su papel. En ningún otro sitio de la Unión confluyen la visión horizontal (el conocimiento de la pluralidad de situaciones de los Estados miembros) con la percepción vertical (el conocimiento de las políticas europeas).

Pero, para entender perfectamente lo que ha ocurrido desde entonces hasta ahora, también debemos tener en cuenta el análisis de los medios de comunicación. Ahora es más profundo y rápido, mucho más exhaustivo y crítico. Ya no se veneran ni cumbres ni líderes. El éxito se mide en función de los resultados —y, con mucha frecuencia, de los resultados inmediatos—. Si no resisten la disección de los medios de comunicación, se desvanecen, como ya ha ocurrido una o dos veces, con gran repercusión pública, a lo largo de toda la crisis. Esto también explica, en cierto modo, el «proceso titubeante», la naturaleza sincopada, de la respuesta a la crisis.

Este es uno de los motivos por los que la construcción de la Unión Europea se ha comparado con un andamiaje. Se percibe como algo que está permanentemente en construcción y en reparación, pero, muy a menudo, los andamios esconden la «belleza» de lo que se construye.

De hecho, yo diría que esa sensación de que está siempre «en obras» forma parte de la naturaleza intrínseca del proyecto europeo. Y quienes se vean afectados por esta falta de coherencia y simetría deberían adaptarse a un concepto arquitectónico que, para lograr nuevas funciones, ha de desarrollar nuevas formas y diseños. En la UE, «l'esprit du système» generalmente no funciona muy bien.

Podemos decir que el proceso de integración ha superado la prueba del tiempo y la tensión propia de las crisis, ya que siempre ha habido una «obligation de résultat» (obligación de resultado), a la que se ha respondido con resultados palpables. Hemos desarrollado un arte de la gobernanza cuyo nivel de madurez nos permite tomar decisiones por amplio consenso. Lo que hemos observado, y lo que seguimos observando por encima de todo, es que el liderazgo importa.

Porque solo el liderazgo por medio del consenso evita la fragmentación.

Por eso me he asegurado de que la Comisión que he presidido asumiera la responsabilidad colectiva de sus decisiones. El presidente de la Comisión es el garante de la colegialidad, lo que evita la mentalidad individualista y la estrechez de miras. Lo habitual era empezar con verdaderas diferencias de opinión y con auténticos debates. Pero, en estos diez años, prácticamente todas las decisiones han acabado tomándose por consenso. Un ejecutivo político no es un parlamento en miniatura. Y la Comisión, en calidad de ejecutivo, debe asumir la responsabilidad de las iniciativas que, de manera colectiva, considera necesarias. Ese es el motivo por el cual, como dictan los tratados, el proceso de toma de decisiones en la Comisión es colegiado y no individual. Un colegio con veintiocho miembros puede trabajar. Es, ante todo, una cuestión de auténtica cultura comunitaria y de gestión eficaz de la institución.

Dado que el inicio de mi primera Comisión prácticamente coincidió con la mayor ampliación de la Unión Europea, la de 2004, fui especialmente consciente de la necesidad de evitar su fragmentación, tanto geográfica como ideológica o de cualquier otro tipo. Creo firmemente que, si bien es importante reconocer el carácter político de la Comisión, también lo es impedir que la Comisión adquiera una naturaleza partidista.

La Comisión no solo desempeña funciones políticas, sino también administrativas y lo que yo llamo «cuasi jurisdiccionales». Ello requiere una gran sabiduría y un gran equilibrio a nivel de la toma de decisiones, de manera que la credibilidad de la Comisión en sus distintos roles no se vea mermada y que su independencia y profesionalidad no resulten amenazadas.

En las dos últimas décadas, la Unión Europea ha pasado a tener un nivel de madurez política e institucional mucho más elevado. Y es este marco político el que nos ha ayudado a atravesar la crisis. Pero si queremos que lo que tenemos dure, es necesario consolidarlo.

Lo que debemos debatir ahora es la manera de consolidarlo y de avanzar. Porque este debate es la condición previa para alcanzar nuestros objetivos: hemos de lograr crecimiento y empleo, continuando el desarrollo del mercado interior, de la moneda común y de las políticas en materia de comercio, energía y clima, infraestructura, ciencia e innovación, industria y economía digital; hemos de lograr libertad y seguridad, por medio de la política exterior y de seguridad común y la política común en materia de justicia y asuntos de interior; y hemos de lograr bienestar social, mediante nuestros esfuerzos conjuntos en materia de educación, cultura y juventud, y resolviendo los problemas comunes que plantean tanto nuestra demografía como los sistemas de seguridad social.

Señoras y señores:

Aunque contamos con el marco para la toma de decisiones, también debemos ser conscientes de las disfunciones de la política europea, que merman nuestra capacidad para llevar las decisiones a la práctica.

Este es un auténtico problema para la democracia de Europa.

En la política europea hay una falta de compromiso que las reformas institucionales no pueden remediar por sí solas.

Si los responsables democráticos de la toma de decisiones se niegan a reconocer, defender y respaldar sus decisiones comunes, la legitimidad europea siempre se verá afectada.

Con demasiada frecuencia, las controversias políticas se perciben como deficiencias sistémicas. En lugar de limitar un debate a su objeto (¿existe una solución mejor, por ejemplo, para la bombilla o para la cuestión de las aceiteras del aceite de oliva?), los resultados controvertidos se presentan como el inevitable resultado absurdo del defectuoso sistema de «Bruselas». Ello, pese a que tanto los debates como los resultados serían similares, si no idénticos, si tuviesen lugar a nivel nacional. No es únicamente el «centralismo de Bruselas» la causa principal de que se regulen las cuestiones sanitarias, las normas sobre productos, los derechos de los trabajadores, el medio ambiente o la seguridad del transporte, sino el debate social y los llamamientos de los ciudadanos para que se actúe y se ponga fin a sus preocupaciones. En general, las iniciativas legislativas no parten de Bruselas. Parten de los intereses de la sociedad, las empresas y los trabajadores, de debates públicos y de procesos políticos. Por ejemplo, la idea de regular las bombillas y las aceiteras del aceite de oliva surgió de los Estados miembros. De hecho, propusimos la regulación de las bombillas porque la eficiencia energética nos parece importante. Pero hemos interrumpido la iniciativa destinada a regular las aceiteras del aceite de oliva porque pensamos que no es necesaria una solución europea.

Está, además, la asimetría entre la dialéctica política nacional y la dialéctica política europea. A nivel nacional, existe una lógica de gobierno contra oposición, de manera que todas las cuestiones cuentan con una «parte en contra» y una «parte a favor». En Europa no existe esa lógica y, por tanto, no hay una «parte a favor» de todo lo que hace Europa. Se espera siempre que sea principalmente la Comisión, a la que los tratados designan como defensora del interés general europeo, la que defienda las decisiones acordadas de manera colectiva. Sin embargo, con demasiada frecuencia, la Comisión se encuentra sin apoyo efectivo en un sistema en el que todos los demás pueden permitirse el lujo de ser un poco gobierno y un poco oposición.

Esto significa que hay una «disonancia cognitiva» entre los procesos políticos a nivel nacional y europeo. Lo que, a su vez, genera un comportamiento político casi esquizofrénico. A nivel europeo, los políticos nacionales pueden pedir mucho más que en su país, sin tener que asumir la responsabilidad de la consiguiente adopción y aplicación. Las tentaciones y las oportunidades de eludir la responsabilidad son múltiples. Y les puedo asegurar, por experiencia, que es habitual oír al mismo partido decir una cosa en su capital y lo contrario —no algo diferente, sino lo contrario— en el Parlamento Europeo de Estrasburgo.

Al final, la sanción política para todos los implicados, ya sean nacionales o europeos, sigue estando en el proceso electoral nacional. No existe una auténtica sanción política paneuropea como tal, distinta de la nacional.

Básicamente, el problema es el siguiente: a todos los países les gustaría que Europa fuese una gran proyección de sus aspiraciones, y están dispuestos a decir que «Europa» tiene un problema cuando los demás no siguen sus iniciativas. Muchos Estados miembros esperan o pretenden que Europa acabe siendo una versión más grande de sí mismos, pero eso nunca ocurrirá.

De la misma forma, a muchos políticos les gusta su propia microlegislación nacional, mientras que acusan a otros que hacen lo mismo de interferencia injustificada. Nada ha hecho más daño a nuestra Unión que la tendencia, de quienes no consiguen convencer, a culpar de su fracaso a las deficiencias de Europa, en lugar de cuestionar su incapacidad para convencer a una mayoría con sus ideas. Y esto, a su vez, nos conduce al difícil dilema que constituye el núcleo del debate sobre el futuro: cuando a la gente no le gusta una decisión nacional, suele votar contra el responsable de la decisión. Cuando a la gente no le gusta una decisión europea, tiende a volverle la espalda a la propia Europa.

La cuestión política es, de hecho, la primera que hay que resolver. Si nos preguntamos: «entonces, ¿cuál es el problema?», yo diría: «It's the politics, stupid!».

A nivel nacional, la cuestión de la legitimidad está, en principio, resuelta. Los desacuerdos en cuanto a las políticas no suelen provocar cambios en el marco decisorio, en el sistema político. Sin embargo, en la Unión Europea, la legitimidad sigue dependiendo del logro de resultados concretos. Esto explica por qué, mientras la falta de apoyo a las instituciones nacionales o a los partidos políticos en general no supone una amenaza para la unidad nacional, la falta de apoyo a las instituciones de la Unión sí puede convertirse en una amenaza para la propia integración europea. De hecho, cualquier proyecto político necesita un mínimo de apoyo sostenido, ya sea explícito o implícito. Más allá de las dudas o el «Angst» (temor) generales de los ciudadanos de a pie en relación con su percepción de la mayoría de las instituciones y elites en la era de la globalización, el reto específico con el que se ha encontrado recientemente la Unión Europea es el siguiente: confrontadas con las voces cada vez más numerosas del euroescepticismo e, incluso, la eurofobia, algunas fuerzas políticas dominantes han interiorizado argumentos populistas en lugar de rebatirlos. En mi opinión, desde el centro‑izquierda hasta el centro‑derecha, las fuerzas políticas y sus representantes deben abandonar la zona de confort. En lugar de dejar el debate a los extremos, han de recuperar la iniciativa. Tienen que presentar los argumentos en favor de un programa positivo para Europa tanto a nivel nacional como de la Unión.

Ningún cambio en los tratados ni ninguna ingeniería institucional puede reemplazar la voluntad política en favor de Europa. Me anima el saber que esta idea ya se está abriendo camino. Como dijo Friedrich Hölderlin: «Wo die Gefahr ist, wächst das Rettende auch» (Donde está el peligro, surge también la salvación).

Son estos hándicaps políticos los que tienen que abordarse ante todo si queremos reforzar la legitimidad y la eficacia de Europa.

Para ello, necesitamos liderazgo, acción y compromiso, con y por el proyecto de la Unión Europea, entendido como elemento del tejido político y social de sus Estados miembros. Tenemos que entender que las políticas europeas ya no son políticas exteriores. En nuestros Estados miembros, la política europea es, a día de hoy, política interna.

Debemos forjar una nueva relación de cooperación, una «kooperationsverhältnis», entre la Unión, sus instituciones y los Estados miembros. Por «relación de cooperación», entiendo un principio según el cual las instituciones y los Estados miembros vayan más allá de la cooperación leal ya establecida en los tratados, especialmente en el artículo 4 del Tratado de la Unión Europea, y trabajen de forma que se alcance la máxima compatibilidad de las decisiones adoptadas en los distintos niveles.

Durante mucho tiempo, había quienes esperaban —al menos en la burbuja de Bruselas— que las instituciones de la UE intentaran siempre hacer más de lo que les permitían los tratados, mientras que en los Estados miembros lo que se esperaba era frenarlas para que hicieran menos. Tenemos que superar esta actitud inmadura.

Lo que necesitamos es una gestión madura con mandatos claros para los diferentes agentes y niveles de nuestra Unión, desde el ámbito local hasta el regional, el nacional y el europeo. Unos mandatos que todo el mundo respete plenamente, desde el punto de vista tanto de su extensión como de sus límites.

Para pasar de un planteamiento competitivo a una actitud de cooperación entre las instituciones de la Unión y entre las instituciones europeas y los Estados miembros, debemos reforzar el papel de los partidos políticos a nivel de la Unión, sumar los intereses políticos, estructurar las prioridades políticas y garantizar en todo momento la coherencia política.

Es esa la razón por la que la dinámica electoral puesta en marcha con el nombramiento de «Spitzenkandidaten», o cabezas de lista, de los partidos políticos para el puesto de presidente de la Comisión puede ser un paso en la buena dirección.

Aun reconociendo los límites de este ejercicio, creo que puede reforzar el carácter europeo de las elecciones. Ayudará a los partidos que quieran empezar a formar progresivamente una esfera pública europea. Resulta extraño —o tal vez no— que las fuerzas políticas que siempre han criticado la falta de responsabilidad política en Europa rechacen ahora estas nuevas medidas, destinadas precisamente a reforzar esa responsabilidad. No cabe duda de que la democracia nacional es un elemento indispensable de la legitimidad de la Unión Europea, pero sería un error poner trabas al avance de la democracia europea en sí. Es un sistema que aún se está fraguando, sin duda, pero intentar bloquearlo no haría sino retrasarnos.

Esta dinámica debe continuar con un acuerdo poselectoral, no solo sobre personalidades, sino también sobre prioridades políticas. Y no solo en el seno de cada institución. También entre las instituciones. En términos más concretos, consistiría en un acuerdo entre el Parlamento, el Consejo y la Comisión acerca de las prioridades —positivas y negativas— de una nueva legislatura. También podría continuar con un nuevo acuerdo interinstitucional sobre la mejora de la legislación para limitar la excesiva carga administrativa.

De lo contrario, nunca se llegará a un acuerdo convincente y estimulante sobre los asuntos en los que la Unión debe ser grande y aquellos en los que debe permanecer pequeña.

Señoras y señores:

Este es el camino que nos permitirá ir más allá de las inevitables adaptaciones quirúrgicas del actual marco jurídico de la Unión.

Pienso que, en un futuro próximo, no habrá un «momento de Filadelfia» europeo, es decir, la elaboración de una constitución desde cero. La Unión debe seguir desarrollándose mediante la «reforma permanente», y no la «revolución permanente».

Para que prospere esta reforma permanente y que cada paso vaya en la dirección de la visión global que lo justifica, creo que deben respetarse una serie de principios:

En primer lugar, todo nuevo desarrollo de la Unión debe basarse en los tratados vigentes y en el método comunitario, porque salirse de ese marco provocaría fragmentación, solapamiento de las estructuras y, en definitiva, incoherencia e ineficacia.

En segundo lugar, antes de añadir nuevas disposiciones convendría hacer una limpieza de las excesivas complejidades y contradicciones que hay actualmente dentro de los tratados y entre los tratados y otros instrumentos. Fundamentalmente, eso significa que los dispositivos intergubernamentales, como el Mecanismo Europeo de Estabilidad y el Tratado de Estabilidad, deberían incorporarse a los tratados cuanto antes.

En tercer lugar, toda nueva solución intergubernamental debe considerarse a título excepcional y transitorio, para evitar problemas de responsabilidad y coherencia.

En cuarto lugar, la Unión debe aspirar siempre, en la medida de lo posible, a evolucionar en conjunto, es decir, ahora mismo, a veintiocho Estados miembros. Cuando sea indispensable una mayor integración en otras formaciones, concretamente entre los miembros actuales y futuros de la moneda única, tales formaciones deben permanecer abiertas a todos aquellos que deseen participar en ellas. El método preferido para una integración más estrecha entre un grupo de Estados miembros es la cooperación reforzada, tal como prevén los tratados.

En quinto lugar, todo nuevo desarrollo de la Unión debe seguir una progresión y un orden claros, y las futuras iniciativas deben emanar principalmente del abanico de posibilidades que ofrecen los tratados en su forma actual, sin reservas que estos no contemplen, de modo que la reforma de los tratados solo procede cuando estos no prevean legislación secundaria.

En sexto lugar, el ritmo de desarrollo no deben imponerlo los más reticentes. Europa no debe ir a la velocidad del más lento.

Y en séptimo lugar, cuando se considere necesaria otra reforma de los tratados, antes de negociarla y someterla a ratificación, deben argumentarse y debatirse exhaustivamente, también en el ámbito público, los motivos por los que se lleva a cabo.

Bien es verdad que, en este momento, nos encontramos ante el reto particular de la relación entre la moneda única, la zona del euro y la UE en su conjunto. Pero pienso que la lógica de los tratados ofrece una orientación útil a este respecto.

Según los tratados, la moneda única está destinada a todos los Estados miembros, salvo aquellos que cuentan con de una opción de exención permanente. Y la verdad es que solo un Estado miembro, el Reino Unido, tiene una opción de exención permanente.

Incluso la situación de Dinamarca podría calificarse más bien de «posible opción de inclusión» que de «exención permanente». Todos los demás países se han comprometido a adoptar el euro. Llevará tiempo y seguramente requerirá una preparación aún más minuciosa que en el pasado.

Pero sería un error transformar una lógica de convergencia en una estructura de divergencia. Más aún teniendo en cuenta que durante la búsqueda de respuestas a la crisis ha quedado claro que, en la práctica, las líneas de fractura en los debates no se sitúan entre los actuales y los futuros miembros del euro. Desde el Pacto por el Euro Plus hasta el Pacto Presupuestario y desde el Mecanismo Único de Supervisión hasta el Mecanismo Único de Resolución se ha visto que cada vez que diecisiete o dieciocho países se han embarcado en un proyecto más ambicioso, casi todos los demás se han unido a ellos y han contribuido. En efecto, las fuerzas centrípetas han demostrado ser superiores a las centrífugas.

La tendencia de algunos a soñar con una refundación de la Unión de la que resultara una zona del euro más limitada y pequeña que la Europa de los Veintiocho no constituye una respuesta a las deficiencias sistémicas o a una falta de potencial entre los veintiocho. Es tan solo la expresión de una nostalgia por un arreglo más cómodo, una vuelta al confort —o así lo creen equivocadamente— de los tiempos de una integración más íntima, en los que todo era más pequeño, menos difícil y, supuestamente, más coherente. Pero el tiempo no espera a nadie, y la historia ha cambiado. Oponer conceptos de Kerneuropa (núcleo europeo) y periphery (periferia) debilitará a los dos.

Este es quizás el momento de hacer un comentario sobre la relación entre la Unión Europea y el Reino Unido. Creo profundamente que Europa es más fuerte con el Reino Unido, y que el Reino Unido es más fuerte como miembro de la Unión Europea que por sí solo. Reconozco que por razones históricas, geopolíticas y económicas, el caso británico puede considerarse particular. Pero precisamente por eso sería un error transformar una excepción para el Reino Unido en una norma generalizada. Podemos y debemos encontrar formas de encajar la especificidad del Reino Unido, en la medida en que no supongan una amenaza para la coherencia global de la Unión.

Pero no debemos confundir esa especificidad —aunque varios gobiernos la compartan en algunos aspectos, en determinados momentos— con una situación general de la Unión.

Señoras y señores:

De acuerdo con estos principios, voy a destacar una serie de ámbitos de las políticas que en los próximos años precisarán, de forma particular, debate, acción y decisión sobre mejoras institucionales concretas: 1) la profundización de la Unión Económica y Monetaria, en consonancia con el Plan Director de la Comisión; 2) una representación exterior de la Unión más eficaz; 3) el fortalecimiento de los valores y la ciudadanía de la Unión; 4) una mejor división del trabajo de reglamentación; y 5) la necesidad de perfeccionar nuestra unión política.

Por lo que respecta a la profundización de la Unión Económica y Monetaria, el Plan director para una Unión Económica y Monetaria profunda y auténtica de la Comisión sigue siendo el camino adecuado. Combina una ambición sustancial con un orden adecuado. En primer lugar, debe implementarse íntegramente la gobernanza económica. Una vez concluida esa etapa, debe contemplarse el desarrollo progresivo de una capacidad fiscal a nivel de la zona del euro, complementada por una coordinación reforzada de la política tributaria y los mercados laborales. Esta evolución, que en último término exigirá una reforma de los tratados, deberá ir acompañada de una legitimidad y una responsabilidad democráticas acordes con ella. Un enfoque más «fiscal-federal» dentro de la zona del euro no debe implicar solo a los actuales miembros de la moneda única. Debe mantenerse abierto a todo posible futuro miembro y respetar la integridad del mercado único y de las políticas de la Unión en su conjunto.

Una representación exterior más eficaz requiere una división cooperativa del trabajo entre los cargos de la Unión y los de los Estados miembros. La actual trayectoria de cooperación entre los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión ofrece pautas útiles a este respecto. El alto representante / vicepresidente de la Comisión debe disponer de adjuntos políticos efectivos tanto de la Comisión como del Consejo. Debe aprovecharse al máximo el potencial de representación exterior conjunta tal como se contempla en el Tratado de Lisboa. La combinación de la política exterior con los aspectos externos de las políticas internas da mayor influencia a la Unión en el mundo. También permite un reparto más eficiente de la carga entre la Unión y sus Estados miembros. Un aspecto crucial es dar continuidad a los primeros pasos hacia un enfoque más coordinado de la política de seguridad y defensa. Algo muy importante también es que ese esfuerzo incluya la consecución de una representación exterior coherente de la zona del euro en las instituciones financieras internacionales.

El fortalecimiento de los valores y la ciudadanía de la Unión requiere pleno respeto y aplicación del Estado de Derecho y de los derechos, garantías y libertades de la Unión. Deben consolidarse instrumentos como el control de los derechos fundamentales en las evaluaciones de impacto de la legislación y el «marco de salvaguardia del Estado de Derecho» de la Comisión. La lucha contra la vulneración de los derechos de la Unión, en particular el derecho a la libre circulación, puede y debe abordarse mediante legislación secundaria, y no cuestionando el principio.

Por lo que respecta a la división del trabajo de reglamentación, el punto de partida debe ser el reconocimiento de que los Estados miembros de la Unión no están menos regulados que la propia Unión. Aunque, indudablemente, se dan casos de excesivo celo institucional, también en la Comisión, no debemos perder de vista que el verdadero origen de la reglamentación de la Unión es la necesidad de hacer compatibles entre sí las normativas detalladas de veintiocho Estados miembros. Por consiguiente, la respuesta a la pregunta de cómo ser grandes en los grandes asuntos y más pequeños en los asuntos más pequeños no radica tanto en el establecimiento de listas negativas o positivas de ámbitos de actuación, sino en la intensidad y el grado de intromisión de iniciativas específicas. La mejor manera de abordar este asunto es a través de un nuevo acuerdo interinstitucional sobre la mejora de la legislación que extienda el control de la adecuación reguladora, la evaluación de impacto y las medidas antiburocráticas ya adoptadas por la Comisión a lo largo de todo el proceso legislativo. En definitiva, se trata de una revisión periódica del consenso político sobre las prioridades políticas, al que podría contribuirse con la introducción de «cláusulas de suspensión» o un principio de discontinuidad legislativa en los cambios de legislatura del Parlamento Europeo.

Por último, la necesidad de perfeccionar nuestra unión política y de reforzar la legitimidad democrática en que debe sustentarse lo que yo denomino Europa 3.0 deben basarse en el método comunitario, como sistema de controles, equilibrios y equidad entre las instituciones y los Estados miembros que ofrece el mejor punto de partida para el desarrollo de la democracia supranacional. Esta democracia supranacional no debe concebirse como una combinación de varios niveles de vetos, sino como un sistema de asunción de responsabilidad al nivel en el que se adoptan las decisiones ejecutivas. En la medida en que las decisiones ejecutivas las adoptan los poderes ejecutivos europeos, en particular la Comisión, corresponde al poder legislativo europeo —concretamente el Parlamento Europeo y, en su función legislativa, el Consejo— garantizar la legitimidad y responsabilidad democráticas. A la inversa, corresponde a los parlamentos nacionales garantizar la legitimidad y responsabilidad de las decisiones adoptadas por los Estados miembros, incluida su actuación en el seno del Consejo. Las relaciones entre los parlamentos nacionales y el Parlamento Europeo deben ser también una parte destacada de la «Kooperationsverhältnis» que propugno.

Siguiendo esta lógica, la evolución futura debe orientarse hacia la constitución de una Comisión reformada para convertirse en el poder ejecutivo de la Unión, lo que incluye una función de Hacienda de la Unión. Sería responsable ante un poder legislativo bicameral, compuesto por el Parlamento Europeo y el Consejo, que constituirían las dos cámaras. Con el fin de garantizar un equilibrio adecuado entre la construcción política y la independencia funcional de la Comisión, la actual práctica de censura negativa de esta última debería sustituirse por un mecanismo de censura constructiva, por el que la Comisión solo caería en caso de que una mayoría absoluta del Parlamento Europeo propusiera otro presidente para la Comisión Europea.

Por último, para garantizar la plena coherencia y eficiencia entre las diferentes funciones ejecutivas a nivel de la Unión, así como su legitimidad y responsabilidad democráticas, pueden estudiarse otras innovaciones. A medio plazo, el cargo de vicepresidente de la Comisión Europea para Asuntos Económicos y Monetarios y Euro podría fusionarse con el de presidente del Eurogrupo. Por supuesto, una innovación más radical, como la fusión entre el cargo de presidente de la Comisión Europea y el cargo de presidente del Consejo Europeo, sería un asunto a más largo plazo.

Pero la probable evolución de la integración europea, en particular de la zona del euro, da sentido a esta fusión porque reforzaría la coherencia y visibilidad del sistema político de la Unión Europea tanto en el interior como en el exterior. También son posibles algunas fases y soluciones intermedias. No obstante, es fundamental destacar que estos cambios institucionales solo prosperarán si antes se logran los indispensables avances políticos y de convergencia de las políticas.

Un vez más: It's the politics, stupid!

La política es la que lo hará o no posible, y vendrán a continuación los cambios institucionales, y no lo contrario.

Señoras y señores, permítanme que concluya.

La integración europea será siempre un proceso que irá paso a paso. Lo sabíamos desde el principio: Tal como reza la Declaración de Schuman, «L’Europe ne se fera pas d’un coup, ni dans une construction d’ensemble» (Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto).

Este enfoque pragmático nunca ha impedido perseguir una visión. Nuestra ambición, nuestro sueño; lo que el filósofo alemán Sloterdijk denominó «un sueño lúcido».

Sigue siendo el proyecto más visionario de la historia reciente. Su energía y poder de atracción son sorprendentes. Su adaptabilidad no tiene precedentes. Pero solo si se dan ciertas condiciones: si el liderazgo no es ambiguo, si la cooperación alcanza nuevos niveles de madurez y si la clase política de Europa pasa a la ofensiva.

Es precisamente lo que está en juego en las próximas elecciones europeas. La cita con las urnas es el mejor momento para luchar por lo conseguido y forjar un consenso en torno a lo que debe hacerse, para defender a Europa como realmente es y abogar por una visión de lo que podría ser.

¡Estas elecciones son muy importantes!

Durante mis diez años al frente de la Comisión Europea, he intentado consolidar las bases de una Unión Europea pragmática, coherente y flexible. Si bien la respuesta de la Unión Europea puede que no estuviera siempre a la altura de su ambición inicial, pienso que la Comisión ha desempeñado y seguirá desempeñando un papel esencial.

Hemos trabajado para preservar la unidad de Europa, mantenerla abierta y hacerla más fuerte. Más fuerte porque las economías de los Estados miembros están ganando competitividad para hacer frente a la competencia mundial. Y más fuerte porque, a nivel europeo, nuestra gobernanza económica y financiera se ha reforzado de forma espectacular.

Tenemos una amplia base sobre la que construir. Un proyecto único. Un proyecto necesario. Un proyecto del que sentirnos orgullosos.

He tenido el privilegio de contribuir a dar respuesta a algunas de las mayores amenazas en la historia de la Unión Europea, y he tenido el honor de iniciar las reformas basadas en las enseñanzas extraídas de esa experiencia. Pero la verdadera gratificación para todos los que participan en esta aventura no será haber iniciado los esfuerzos necesarios, sino haberlos concluido.

Así que, ahora, vayamos más allá.

Emprendamos la «réforme de tous les jours» (la reforma de cada día).

Continuemos la labor con lo que uno de mis predecesores, François-Xavier Ortoli, denominaba «le courage de chaque Jour» (el valor de cada día).

Y para aquellos que como yo —y espero que como ustedes— comparten esta pasión, este amor por Europa, hagámoslo para que, todos en Europa, podamos vivir en una sociedad digna. Porque, en definitiva, no es una cuestión de conceptos, de cifras ni de economía, es una cuestión de valores. Y pienso que Europa, precisamente, representa los valores de la paz, la libertad y la solidaridad.

Muchas gracias por su atención.

1 :

Estamos en Europa y en Europa nos salvaremos o nos perderemos todos.

2 :

Comunicación de la Comisión «Medidas en favor de la estabilidad, el crecimiento y el empleo», de 30 de mayo de 2012.


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