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Speech: Premio Europeo Carlos V

European Commission - SPEECH/14/30   16/01/2014

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Comisión Europea

[Solo es auténtico el discurso pronunciado]

José Manuel Durão Barroso

Presidente de la Comisión Europea

Premio Europeo Carlos V

Fundación Academia Europea de Yuste

Yuste, 16 Enero 2014

Alteza,

Señor Presidente del Gobierno de España,

Señor Primer Ministro de Portugal,

Señor Presidente de Extremadura,

Excelentísimos señores Ministros,

Excelentísimo señor Obispo,

Señoras y señores,

Queridos amigos:

En primer lugar quiero expresar mi gratitud a la Fundación Academia Europea de Yuste por el gran honor que supone que se me haya incluido en la prestigiosa serie de ganadores del Premio Europeo Carlos V; todos ellos han sabido aportar, cada uno a su manera, una contribución muy importante a los valores europeos. Me siento orgulloso y me embarga una profunda emoción.

Me siento especialmente honrado por recibir este premio de manos de su Alteza Real el Príncipe de Asturias, por el que siento un gran respeto y una sincera amistad. Muchas gracias Alteza por su gesto que me conmueve muy especialmente.

Quería también agradecer las palabras tan generosas y amistosas del Presidente Mariano Rajoy. Me une con él una amistad desde hace ya tiempo y he admirado siempre en él su patriotismo, su amor por España y, al mismo tiempo, su compromiso fuerte con Europa y con los ideales europeos. Muchas gracias por sus palabras (que son muy justas cuando dicen de mí que soy un gran amigo de España).

Permitam-me agora uma palavra muito especial, na minha língua materna, ao Primeiro-Ministro de Portugal, Dr. Pedro Passos Coelho. Fiquei muito sensibilizado, Senhor Primeiro-Ministro e caro amigo, que se tenha deslocado para participar nesta cerimónia. Aproveito para lhe expressar a minha sincera admiração pela determinação e coragem com que tem enfrentado os desafios históricos que agora se colocam a Portugal. Gostaria também de lhe agradecer a forma empenhada e construtiva com que tem contribuído para o aprofundamento do projecto europeu.

Quiero agradecer también al Presidente Monago y a todas las autoridades de Extremadura, su acogida y sus palabras. Su esfuerzo por mantener la tradición de este premio da a esta región y a su gobierno una proyección europea e internacional que es encomiable. Este acto, aquí en Yuste, en esta región, ha permitido además el encuentro entre los gobiernos de Portugal y de España; y este encuentro refleja bien el acercamiento cada vez más notable entre nuestros dos países, en el esfuerzo de proyectar y orientar los ideales y los valores europeos. España y Portugal han difundido en el pasado la civilización europea por tantas regiones del mundo y ahora trabajan juntos en reforzar el proyecto europeo, haciendo Europa cada vez más relevante en el mundo.

El trabajo de la Fundación en el contexto de la difusión y realización del proyecto europeo es muy importante. Sus actividades de carácter social, de comunicación, en los campos de la cultura, la ciencia, la investigación y la historia se integran perfectamente con los esfuerzos en Europa para acercar la construcción europea a los ciudadanos y para difundir sus valores de respeto de la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, del Estado de Derecho y de los derechos humanos. Me gustaría subrayar y encomiar muy especialmente todo este trabajo.

Permítanme asimismo que aproveche esta ocasión para recordar en especial a uno de los premiados, Wilfried Martens, Primer Ministro belga y Presidente de Partido Popular Europeo, que falleció el año pasado y cuyas convicciones europeas, compromiso y capacidad política marcarán la historia de la integración europea.

Recibir este prestigioso Premio supone, además, una gran satisfacción en mi doble vertiente de portugués y de europeo.

Como portugués, evocar el nombre de Carlos V es abordar la historia y los vínculos seculares y profundos que unen a nuestros dos países, España y Portugal, vínculos bien demostrados por su unión con Isabel de Portugal.

Como europeo, evocar a Carlos V es también recordar que la aspiración a la unidad europea es antigua y se confunde con la historia de Europa. Esta Unión que hoy hemos materializado, fue objeto de diversas tentativas durante siglos.

Políticamente, pero también, y sobre todo, intelectualmente, a través de los studia generalia y la proliferación de ricos intercambios culturales, se conformó una cierta forma de unidad europea, que también se resquebrajó en repetidas ocasiones.

Pero esta aspiración a la unidad europea se enfrenta más de una vez a lo que pretendía superar: los egoísmos nacionales, los nacionalismos extremos, las guerras.

No obstante, la historia del pensamiento europeo ha demostrado que el sueño de la unidad europea es indestructible.

Asimismo, la historia de la integración europea nos enseña, como ya señaló Jean Monnet en un discurso pronunciado en Estrasburgo en diciembre de 1952, que, y le cito textualmente: «la unión de los pueblos en la libertad y la diversidad, la revolución que quiere hacer posible un nuevo desarrollo de nuestra civilización y permitirle un nuevo renacimiento, se inicia en estos días en que se constituyen las primeras instituciones supranacionales de Europa. (...) Desde el momento de la creación de estas instituciones, la Europa que deseamos dejar en herencia a nuestros hijos ha comenzado a ser una realidad».

Señoras y señores:

Permítanme analizar durante unos instantes algunas palabras clave de esta afirmación de Jean Monnet, puesto que describen con precisión cómo la Unión Europea que hoy conocemos es un proyecto político absolutamente único en la historia y, en muchos aspectos, un laboratorio de la mundialización.

En primer lugar «unión de los pueblos», ya que se trata de unir a las naciones, pero también a los pueblos. Son claramente los pueblos, las personas y su interés general los que centran la construcción europea.

En segundo lugar «libertad», pues nuestra Unión, a diferencia de otras pasadas experiencias de unidad europea, se basa en el consentimiento mutuo y no en la fuerza. Nuestros Estados miembros aceptan libremente compartir su soberanía. Y es precisamente en este libre consentimiento de los Estados miembros, consagrado en los Tratados constitutivos, y en esta comunidad de Derecho y de valores donde reside la fuerza unificadora del proyecto europeo.

Los portugueses y españoles somos bien conscientes de todo lo que debemos a esta visión de la construcción europea, que entre otros logros ha permitido afianzar la democracia en nuestros países, que todavía vivían bajo dictaduras hace apenas algunos decenios.

Finalmente, «diversidad». Una de las principales fuerzas de nuestra Unión es precisamente que nunca ha excluido la diversidad y no es el resultado de una uniformización. Por el contrario, siempre se ha nutrido de diferencias, contrastes e incluso tensiones. Uno de los principales activos de Europa es haber sabido asimilar las influencias de otras culturas, abrirse a otras sociedades y prosperar gracias a su apertura al mundo.

Y, por último, lo que hace tan único y particular el proyecto europeo, es haber conciliado efectivamente la legitimidad de los Estados democráticos con la legitimidad de las instituciones supranacionales (Parlamento Europeo, Comisión Europea, Tribunal de Justicia de la Unión Europea), que protegen el interés general europeo y defienden el bien común de Europa. Y también haber llevado a buen puerto la síntesis entre supranacionalidad y realidades económicas concretas.

De hecho, es en los ámbitos en los que los Estados miembros han avanzado más en materia de transferencia de soberanía (el comercio, la competencia y la moneda) donde la voz política de Europa es más oída y respetada en el mundo. Esto se ha traducido en que hoy seamos la primera potencia comercial mundial con un 20 % del comercio internacional y un 30 % de las inversiones, que tengamos influencia mundial en el ámbito de la normativa (gracias al más vasto mercado interior) y que poseamos una de las principales monedas del mundo, el euro, una divisa fuerte, estable, que refleja la voluntad existencial de Europa.

Señoras y señores:

Así pues, gracias a estos elementos básicos (unión de los pueblos, libertad, diversidad e instituciones supranacionales) la Unión Europea sigue siendo la más formidable y original construcción política que permite garantizar la paz, la democracia, la solidaridad y la equidad.

Esas características son las que permiten que Europa sea el modelo más equilibrado del mundo, un espacio de libertad y democracia, una economía social de mercado, cuya gran prioridad consiste en fomentar el desarrollo y la protección de los individuos en sociedades y economías abiertas.

Hay muchas personas en todo el mundo, desde las frías calles de Kiev hasta nuestros vecinos del Sur, que se inspiran en nuestros modelos de sociedad.

Y mientras que en Europa la atención tiende a centrarse a veces exclusivamente en la crisis, es importante recordar, como acabo de hacerlo, de dónde venimos y quiénes somos para discernir mejor adónde queremos llegar.

Soy muy consciente del desasosiego de todos nuestros conciudadanos europeos, incluidos los españoles y los de mi país, Portugal, que no son responsables de la crisis y que no obstante son, con demasiada frecuencia, sus primeras víctimas.

A todos ellos quiero decirles que Europa tampoco es responsable de la crisis y que no sería bueno que se convirtiera en una víctima de ella. Europa no es el problema, Europa es una parte de la solución.

Quiero decirles también que si olvidamos de dónde venimos y no luchamos para defender Europa, podemos perderla. Y si nos alejamos de los principios y valores en los que se basa nuestra Unión, la realidad se encargará de recordárnoslo y ello podría costarnos caro.

Hemos sido testigos de una crisis financiera internacional que no nació pero que ha contaminado a Europa, y que en algunos países europeos, se combinó con laxismo presupuestario, vulnerabilidades competitivas, egoísmos nacionales, excesos financieros y, más en general, a escala europea, carencias del modelo de gobernanza económica.

Y lo que se ha desarrollado a lo largo de estos últimos cinco años, bajo el impulso de la Comisión Europea, es una respuesta europea solidaria y responsable. Se trata de un esfuerzo sin precedentes de solidaridad y estabilización que ha movilizado unos 700 000 millones de euros para impedir la caída de los países más afectados por la crisis, incluyendo una ayuda específica para reforzar el sector financiero español. Y también de considerables esfuerzos realizados por algunos Estados miembros, entre ellos España y Portugal, para reformar su economía. Y, sin perjuicio del presupuesto de la Unión europea, la movilización de recursos adicionales para luchar contra la grave situación de desempleo juvenil en los Estados miembros más afectados.

Es, asimismo, un esfuerzo colectivo para instaurar una estrecha coordinación de las políticas económicas y presupuestarias y unas instituciones sólidas.

Todos estos esfuerzos están empezando a dar sus primeros frutos. Los mercados se han calmado y han aparecido los primeros signos de recuperación. Los países más vulnerables pagan menos por sus créditos y las perspectivas económicas mejoran paulatinamente.

En el caso de España, la prima de riesgo estaba la semana pasada en el 3,91 %, su nivel más bajo desde mayo de 2010. Las exportaciones españolas progresan y las de bienes y servicios ya aportan el 33 % del PIB, lo que supone un máximo desde la introducción del euro. Deseo aquí rendir homenaje al Gobierno español y a todos los españoles por estos resultados tan alentadores.

Cervantes escribió «el que tropieza y no cae, adelanta camino». Europa ha tropezado, pero no ha caído. Europa ha dado grandes pasos adelante.

El euro ha sido preservado y se ha reforzado. Y aquí quiero recordar que no hace mucho tiempo, expertos analistas habían previsto la desintegración del euro y de la Unión europea. Y han demostrado ambos su extraordinaria resistencia. Lo que no entendieron es que Europa y el euro son mucho más que una realidad económica y financiera; son un proyecto político y una comunidad de destino.

La gobernanza económica europea está más integrada que nunca. Las bases de una unión bancaria están sentadas. El mercado único se amplía a nuevos sectores primordiales para nuestro futuro, como el digital. Los europeos podrán beneficiarse en los próximos siete años de un presupuesto europeo consagrado al crecimiento, un crecimiento sostenible e integrador, y a la creación de empleo. Y, por encima de todo, hemos conseguido estos resultados manteniendo nuestra apertura al mundo, rechazando cerrarnos sobre nosotros mismos. Hemos concluido importantes acuerdos comerciales bilaterales, especialmente con Corea, América central, Singapur, Canadá, Perú y Colombia, y otros están en curso de negociación, en particular con Estados Unidos, Japón y Mercosur. La interdependencia es la palabra clave de nuestra época. Europa necesita al resto del mundo para ser fuerte y estimular su crecimiento. Y el resto del mundo necesita una Europa fuerte y unida para su estabilidad y prosperidad. Este es el motivo por el que propuse a la Fundación Yuste dedicar las becas Carlos V de este año al tema «Historia, memoria e integración europea desde la perspectiva de las relaciones transatlánticas de la Unión Europea».

Dicho todo esto, somos plenamente conscientes de que en economía y finanzas no existen milagros y de que todavía no hemos salido del atolladero. Las consecuencias sociales de la crisis, y en particular el actual nivel de paro, siguen siendo inaceptables y no podemos resignarnos. El paro constituye hoy el mayor drama al cual se enfrenta Europa. La movilidad que pretendemos fomentar en la Unión Europea debería ser una opción y no la única alternativa para nuestros jóvenes. El mercado financiero sigue estando fragmentado y esto tiene perniciosas consecuencias para nuestras pequeñas y medianas empresas. En un mercado único no es admisible que exista una diferencia tan grande en el coste de financiación de las empresas entre el norte y el sur de Europa. Tenemos que solucionar colectivamente estos problemas. La recuperación será progresiva y no debemos cejar en nuestro empeño para no malgastar nuestros éxitos iniciales. Crecimiento, creación de empleo y unión bancaria tienen que seguir siendo nuestras principales prioridades.

Me gustaría agradecer públicamente a España porque ha sido siempre una voz activa en Europa, defendiendo con ambición la necesidad de avanzar no solo en términos de mayor responsabilidad sino también de mayor solidaridad. En Europa y en España sabemos que para alcanzar estos objetivos necesitamos de un compromiso fuerte no solo de las instituciones europeas sino también de los Estados miembros y de sus ciudadanos, para profundizar la integración europea de manera a defender nuestros valores y promover nuestros intereses en el siglo de la globalización.

Señoras y señores:

Quiero destacar un aspecto de nuestra respuesta colectiva a la crisis que a veces tiende a ser subestimado, pese a que es fundamental. Los países de la Unión Europea han elegido libremente caminar por la senda de una mayor integración, es decir, hacia una gobernanza económica y presupuestaria más integrada.

A esto le llamo aprender de la crisis. Precisamos de más Europa allí donde se necesita más Europa, sin olvidar que la Unión Europea no tiene que intervenir en todo. Como he dicho repetidamente, Europa debe estar más unida y ser más fuerte y visible en los grandes retos, pero también más discreta en las cuestiones menores, ya que, por citar de nuevo a Montesquieu «las leyes inútiles debilitan a las necesarias».

Debemos también reconocer que, en esta era de la mundialización, la Unión Europea es, más que nunca, un formidable multiplicador de la potencia de cada Estado miembro y que la soberanía de cada uno de ellos no puede ser plenamente realizada sin compartirla. Esto es necesario para mantener nuestra influencia en el mundo; y debemos ser influyentes para promover nuestros valores y defender los intereses de nuestros ciudadanos.

Pero debemos comprender que para avanzar hacia una mayor integración europea, hace falta que esta sea querida y comprendida por nuestros ciudadanos. Lo que deseo es una Europa que no sea tecnocrática, sino democrática. Una Europa que se realice con el compromiso de los ciudadanos en pro de la defensa de un proyecto común de futuro.

La Comisión Europea presentó en 2012 un proyecto detallado para una Unión económica y monetaria auténtica y que se completaría con una unión bancaria y una unión presupuestaria y con el horizonte de una unión política; creo que ese es el camino que debemos seguir para consolidar los progresos realizados y garantizar el futuro.

Soy consciente de que aunque algunos países ya están convencidos de que la Unión política es el próximo gran proyecto de la Unión Europea, otros siguen siendo muy reacios. Esto es lo que ahora tenemos que debatir juntos. Y las elecciones europeas de mayo próximo deben ser la ocasión no solo de confrontar lo que de verdad aporta la Unión Europea a sus ciudadanos con los populismos y estereotipos sobre la Unión Europea, sino también de debatir el futuro que queremos construir en común ya que europeísmo y patriotismo no son contradictorios, son complementarios.

Creo, por tanto, que es importante desarrollar entre europeos un verdadero sentimiento de pertenencia a una misma comunidad europea que se alimenta de la diversidad de nuestras comunidades nacionales, regionales y locales, pero en la que todos podemos reconocernos.

En el pasado, juntos, los europeos hemos hecho grandes avances. Y ello fue reconocido por el Comité Nobel de la Paz cuando concedió en 2012 su prestigioso Premio a la Unión Europea por su contribución a la promoción de la paz y de la reconciliación, la democracia y los derechos humanos.

Hoy disponemos de numerosas bazas para poder lograr, unidos, otras grandes cosas en el futuro. Y no solo pienso en el mercado único o en la Unión económica y monetaria, sino también en la riqueza de nuestra historia, la diversidad de nuestras culturas, nuestra capacidad creativa e innovadora, nuestra ciencia, nuestra tecnología y capacidad de investigación, nuestra maravillosa reserva de talento humano, nuestro compromiso para la protección del medio ambiente y nuestra visión de un mundo en el que siempre estaremos al lado de los que luchan por estos valores universales que tanto nos importan y sobre los que hemos basado nuestra Unión.

Tengo la esperanza de que, como europeos, sepamos manifestar la voluntad de trabajar juntos para alcanzar objetivos más grandes en el futuro. En cualquier caso, con este espíritu y esta convicción mantendré mi compromiso, pues estoy convencido de que nuestro mejor proyecto de futuro es Europa, una Europa aún más presente en el mundo, más política, más solidaria y más ciudadana.

Muchas gracias por su atención.


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