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Un mercado único de telecomunicaciones para construir un continente conectado

Commission Européenne - SPEECH/13/622   09/07/2013

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Comisión Europea

Neelie Kroes

Vicepresidenta de la Comisión Europea responsable de la Agenda Digital

Un mercado único de telecomunicaciones para construir un continente conectado

Intercambio de puntos de vista sobre las próximas iniciativas legislativas en el ámbito de la Agenda Digital: debate de la iniciativa «Garantizar la conectividad para la economía digital» en la reunión de la Comisión de Industria, Investigación y Energía (ITRE) del Parlamento Europeo en Bruselas

9 de julio de 2013

Para hacer algún comentario sobre este discurso, conéctese aquí

Ante todo deseo agradecerles que me hayan invitado. Mi propósito hoy es presentarles con detalle las ideas que tengo sobre la construcción de un continente conectado.

El mundo se está haciendo digital y su mercado es cada vez más globalizado. Tenemos que sacar partido de esta evolución. Pero nuestro sector de las telecomunicaciones y nuestro ecosistema en el ámbito de las TIC, que antes eran la envidia del mundo, han dejado de ser competitivos. Tanto nuestros ciudadanos como nuestras empresas soportan obstáculos y gastos improcedentes. Se supone que el objetivo es lograr una red global, pero lo cierto es que, incluso dentro de nuestro mercado único, sigue habiendo controles fronterizos.

El resto del mundo nos adelanta en la carrera. Mientras Norteamérica, Japón y Corea representan el 88 % de las suscripciones mundiales de 4G, la UE tiene únicamente un 6 %. Además, solo el 2 % de los hogares europeos dispone de banda ancha ultrarrápida.

Esos problemas necesitan soluciones, y tengo un paquete de medidas para conseguirlo. La primera medida está prevista para septiembre.

Con ella, se derribarán fronteras, se estimularán las inversiones y se hará más fácil actuar y comunicarse a través de la UE. Basándonos en nuestro marco actual, debemos impulsar la conexión de nuestro continente por tres vías principales.

En primer lugar, para poder contar con unas redes verdaderamente europeas, hay que facilitar la comunicación a través de las fronteras, sin que los operadores tengan que enfrentarse a un laberinto de normas tan diferentes como incompatibles entre sí. Si a una persona se le permite operar en alguna parte de Europa —con la autorización de un marco propio de la UE—, el permiso deberá permitirle operar en toda ella. Y con esto no quiero decir que ello le sea simplemente «posible», sino, también, sencillo en la práctica. Como, por ejemplo, gracias a un sistema de autorización único que se someta a la supervisión del Estado miembro de acogida.

Se requiere también que la Comisión tenga más posibilidades de garantizar que las soluciones aplicadas sean coherentes. Menos papeleo, menores costes y menos complicaciones: eso es lo que significa un mercado único. Tal es el impulso del que disfrutan ya sectores tales como la banca o la radiodifusión y televisión, y del que han de disfrutar también ahora las telecomunicaciones.

En segundo lugar, los operadores necesitan «insumos» para que las redes puedan seguir funcionando. Este objetivo, aquí también, tal y como están hoy las cosas, es muy difícil de conseguir, particularmente a través de las fronteras. Necesitamos disponer de medios más sólidos para acceder a las redes fijas, medios estandarizados, como los productos denominados «flujos virtuales de bits». Y necesitamos también disponer de servicios de interconexión que garanticen la calidad. En el caso de las aplicaciones inalámbricas, tenemos que mejorar las normas de espectro. Las bandas de espectro precisan unas condiciones de autorización más uniformes (duración de las licencias, dimensión de bloques, estructuras de tarificación, etc.). Todas estas cosas harán más fácil que una red pueda funcionar en una multiplicidad de países y que en todos ellos sea posible disfrutar de unos servicios de alta calidad.

Y, en tercer lugar, nuestros ciudadanos tienen que gozar en toda la Unión de unos derechos y un trato justos y equitativos.

Incluido el derecho a la neutralidad de la red.

El hecho de bloquear o de estrangular servicios no solo es injusto y molesto para los usuarios; es, además, una verdadera sentencia de muerte para los innovadores. Debo, pues, garantizar la neutralidad de la red. Con más transparencia, para poder entender sin dificultades lo que figura en nuestros contratos. Se nos facilitará el cambio de proveedores. Se harán posibles los nuevos servicios premium, de los que dependen tantos y tantos nuevos servicios, desde la informática en la nube hasta la sanidad electrónica. Y para cada ciudadano, y en todas las redes y en cualquier dispositivo, acabaré con las actividades de bloqueo y estrangulamiento que se oponen a la competencia. El crecimiento de Internet depende de la apertura y de la innovación. Yo aportaré una salvaguardia de carácter absoluto.

Un trato justo supone también precios más justos y equitativos. Las llamadas dentro de Europa no deberían asimilarse a una costosa «llamada internacional»; no, desde luego, dentro de un verdadero mercado único. No debemos sufrir una repentina subida de precios por el solo hecho de llamar a través de una frontera interna. Por lo tanto, toda diferencia de precios ha de justificarse objetivamente por la existencia real de costes adicionales.

Y, por supuesto, en un verdadero mercado único, no debe haber ningún gasto artificial de itinerancia. Es irritante, es injusto y es algo ya periclitado. Con frecuencia, el único recordatorio que sigue existiendo de nuestras fronteras interiores es el teléfono que llevamos en el bolsillo. Esto tiene que cambiar. Millones de europeos disfrutan en la suscripción de sus móviles de paquetes prácticos y transparentes; lo que esperan es pagar una sola vez y tener todo incluido. Pero ello no solo cuando estén en casa, sino también cuando viajen. Tienen que poder llevarse consigo sus minutos de móvil, sus mensajes y sus megabytes cualquiera que sea el lugar por el que se muevan dentro de Europa.

Sé que han planteado ustedes la cuestión de la itinerancia en el proyecto de informe del señor Rohde. Pero déjenme recordarles una cosa: no es prohibiendo los gastos de itinerancia como se crea un mercado unico. Muy al contrario, es creando el mercado único como lograremos acabar con los gastos excesivos de la itinerancia: un mercado en el que las compañías afronten la misma presión competitiva para reducir los precios de la itinerancia, como lo hacen ya en su propia red dentro de sus respectivos países; un mercado en el que las compañías puedan atraer y conservar a sus clientes añadiendo la itinerancia a los paquetes competitivos que les ofrezcan; un mercado, en fin, donde los consumidores disfruten de la posibilidad de elegir y de las ventajas de la competencia, sin obstáculos ni fronteras.

Es así como pretendo transformar la fragmentada realidad actual en un mercado único verdaderamente competitivo.

Esa fragmentación no supone una simple infracción del dogma de la Unión: antes bien, sus consecuencias son muy reales. Pongamos un solo ejemplo: el espectro. Los países no están cumpliendo su obligación de asignar el espectro. Y, además, cuando sí la cumplen, cada uno lo hace de forma diferente, con el resultado de que es más difícil pujar, planificar u ofrecer servicios a través de las fronteras.

Cuantas más dificultades encuentran los fabricantes para optimizar sus invenciones en Europa, más dificultades tienen las empresas para beneficiarse de las economías de escala del mercado único.

Las incertidumbres y los costes a los que se enfrentan los operadores se traspasan a los consumidores, y esto se traduce en precios más altos y servicios más deficientes. Los fabricantes europeos, que un día lideraron el mundo, luchan hoy por mantenerse competitivos.

Y este problema no afecta a un solo sector. Ni es tampoco un problema exclusivo de los teléfonos y tabletas. No, ya no lo es. Pronto podremos conectar entre sí todo tipo de aparatos, desde nuestro automóvil hasta nuestro dispositivo sanitario. Se nos presenta la gran oportunidad de disfrutar de servicios paneuropeos que funcionen sin limitaciones geográficas. Pero todavía seguimos esperándolos.

Mi mirada no se centra en un solo sector; no, lo que miro es la totalidad de la escena. El sector de las telecomunicaciones y el ecosistema de las TIC son en Europa bases fundamentales de nuestra economía. Y lo que me gustaría es ver aumentar su fortaleza: un sector de las telecomunicaciones fuerte que se mantuviera por sí solo en un mercado competitivo y que dependiera menos de su regulación. Pero no en su propio interés, sino en el de todos.

El hecho cierto es que la totalidad de la economía depende hoy de instrumentos y de redes digitales. Y ello en todos los sectores, desde la banca hasta la logística y desde la automoción hasta la industria audiovisual. Más aún, no hay ningún tipo de empresa que no esté reclamando hoy una conectividad capaz de transformar sus negocios: desde la videoconferencia o la informática en la nube hasta la impresión en 3D. Son empresas de todos los tamaños y de todos los sectores. Empresas que no soportan más carecer de esa conectividad.

No podemos dejarlas abandonadas. Tienen ambiciones europeas, y no es posible privarlas de las comunicaciones necesarias para satisfacerlas. En una economía, como la actual, que descansa en la información y la comunicación, no podemos sentarnos a esperar mientras el sector de las telecomunicaciones se debilita cada vez más para poder invertir, competir e innovar. No podemos continuar la carrera de la competencia con redes deficientes y cada vez más viejas.

Es un reto importante. El impulso que daría al sector de las telecomunicaciones un mercado único competitivo aportaría 110 000 millones de euros al año; unas comunicaciones de calidad para las empresas proporcionarían 800 000 millones de euros en 15 años; y la banda ancha podría crear 2 millones de puestos de trabajo. Se trata, pues, de invertir en el crecimiento del mañana.

Si mi ambición es de gran escala, mi enfoque se sitúa en el nivel de lo pragmático. Nuestras redes y nuestras reglamentaciones siguen siendo todavía nacionales en gran medida. Un enfoque pragmático no consiste en destruir esas redes, derogar esas normas y empezar de nuevo desde cero. Un enfoque pragmático es aprovechar lo que tenemos y adaptarlo a las necesidades, desbloqueando los cuellos de botella y derribando las barreras. Un enfoque pragmático es ofrecer a los operadores, a las empresas y a los ciudadanos las ventajas del mercado único: unos mejores servicios, una redes más rápidas y unos precios más justos.

Sé que acaban de debatir ustedes una opción de más largo plazo: una revisión más completa de todo el ecosistema, como se propone en el informe de la señora Trautmann. Y, aunque puedo entender los atractivos de esa opción, déjenme darles un consejo: no desaprovechen la oportunidad de hacer algo verdaderamente importante por el crecimiento y el empleo.

Siendo realistas, una revisión completa no llevaría menos de cinco años. Y cinco años son mucho tiempo de espera, particularmente en estos días, en los que perder tiempo es perder oportunidades. Piensen en cómo ha cambiado el mundo en los últimos cinco años, en los aparatos que nadie tenía y en los servicios que no existían. Piensen, pues, en cómo cambiará el mundo en el próximo lustro y decidan si podemos permitirnos ese tiempo de espera mientras otras partes del mundo se sitúan a la cabeza de la carrera.

Lo que les propongo en su lugar es un enfoque por niveles, pero un enfoque inmediato: mejorar el modelo para sacar lo mejor del marco actual. Dar un paso significativo hacia un mercado único donde la tecnología y la convergencia de los servicios formen parte de la nueva realidad, donde la actualización del marco reglamentario recoja esos cambios dinámicos y donde dispongamos del tiempo necesario para estudiar, y después aplicar, el marco reglamentario que necesitemos para el futuro.

Pero lo primero de todo pongamos en pie el mercado único de las telecomunicaciones. Hagámoslo funcionar para Europa.

Esta es mi alternativa, y les estoy ofreciendo a ustedes, miembros del Parlamento actual, un instrumento para su realización. Se trata de brindar a nuestros ciudadanos y a nuestra economía beneficios más inmediatos: menos barreras, más posibilidades de elección, precios más justos, mejores servicios empresariales, neutralidad de la red, supresión de la itinerancia y una economía más fuerte que cree más empleo. Tales son los beneficios que se derivan de un continente conectado y competitivo. Creo que vale la pena luchar por ello. Así que, si creen ustedes en Europa, crean en esto y únanse a mi en esta lucha.


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