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CONSEJO EUROPEO
EL PRESIDENTE

ES

Bruselas, 15 de febrero de 2013

(OR. en)

EUCO 40/13

PRESSE 58

PR PCE 33

Herman Van Rompuy
Presidente del Consejo Europeo
Un presupuesto para el futuro

Hace una semana, tras una larga noche de negociaciones, los veintisiete Presidentes y Primeros Ministros de nuestros países llegaron a un acuerdo sobre el presupuesto de la Unión Europea para los próximos siete años. El lunes lo presentaré y defenderé ante el Parlamento Europeo.

Como se desprende de lo que ha aparecido en la prensa, cada mandatario intentó sacar el mejor partido para su propio país y para sus ciudadanos. Era legítimo, pues unos tenían más presentes las inquietudes de sus contribuyentes y otros las necesidades de los beneficiarios. Para mí, lo importante es que juntos llegamos a un acuerdo sobre un presupuesto para el resto de la década y a un buen trato para Europa en su conjunto.

Las cifras hablan por sí solas. Los objetivos globales de gasto se reducen, pero aumenta la parte dedicada a inversiones en crecimiento y empleo. Esto es un reflejo de las dos consideraciones clave que subyacen a lo que elegimos: adaptarse a las duras restricciones presupuestarias en toda Europa y a la vez invertir en el futuro.

Como en todas las partes de Europa, de lo que se trata es de hacer más con menos dinero, incluso en el gasto administrativo, y garantizar que cada euro va donde puede tener mejor efecto. Toda Europa se está apretando el cinturón y la propia Unión no puede ser una excepción, así que la única opción era la moderación. Por primera vez, los topes de gasto han bajado, y ello en un 3% en comparación con el periodo anterior.

Ante los retos económicos actuales, es de máxima prioridad centrarse en el empleo, el crecimiento y la competitividad. Está claro que no podemos permitirnos sacrificar inversiones orientadas al futuro, en educación, investigación o innovación. Por ello, el nuevo presupuesto prevé un 37% adicional (o. lo que es lo mismo 34.000 millones de euros) precisamente en estos sectores, a la vez que se dedican sumas importantes para la energía transfronteriza, el transporte y las redes digitales (30.000 millones de euros). Habrá también un aumento real de la financiación de iniciativas clave como "Erasmus para todos", el programa de intercambio de estudiantes y profesores y "Horizonte 2020", el mayor programa continental de investigación e innovación.

Ha sido posible fijar estas prioridades mediante la modernización del presupuesto. Por ejemplo, en agricultura, un ámbito de actuación a escala exclusivamente europea, la acción se centra cada vez más, en vez de en subsidios generalizados, en garantizar unos ingresos equitativos a los agricultores, la calidad de vida en zonas rurales y prácticas más ecológicas. Es esencial para todos nosotros una producción alimentaria próspera y sostenible. La agricultura no es el "pasado", sino que gracias a la reforma de la política agrícola común está disminuyendo su peso relativo en el presupuesto y habrá de seguir por ese camino.

En respuesta al aumento del desempleo juvenil –que afecta globalmente a uno de cada cuatro jóvenes europeos o a dos en algunos países– una nueva iniciativa dotada con 6.000 millones de euros contribuirá a la lucha contra esta dramática situación. Se movilizarán fondos regionales para ayudar a los países que se han visto más duramente afectados por la crisis. Los fondos seguirán dedicándose a las regiones más pobres y a las personas mas desfavorecidas para mejorar la cohesión social de nuestra Unión. Y, pese a la crisis, se mantienen los medios que permiten a Europa comprometerse con temas de alcance mundial, como la ayuda al desarrollo o el cambio climático.

En muchos aspectos, se trata de un presupuesto modernizado y realista, que se centra en los problemas más acuciantes. Con un ánimo transaccional, pese a no ser un presupuesto perfecto, para nadie concilia las posiciones de todos. Hay quien ha lamentado que no pudieran incorporarse todas las propuestas de inversiones, pues hubiera sido demasiado costoso.

Yo mismo podría lamentarlo, pero sería engañoso presentar los ajustes de un proyecto como "recortes", cuando en realidad el presupuesto que decidimos dedica de manera clara más dinero a la inversión en crecimiento que el actual. Y esta cantidad hará la diferencia.

El acuerdo de la semana pasada no es el final de la historia. El Parlamento Europeo tendrá que estudiar ahora el acuerdo político alcanzado por los mandatarios con vistas a una negociación final. Ya en los preparativos de la cumbre, sus diputados manifestaron preocupaciones legítimas, por ejemplo la necesidad de nuevas fuentes de ingresos o de formas de flexibilidad presupuestaria. Esto tiene sentido, pues nadie puede predecir dónde estará Europa dentro de siete años. Además, la flexibilidad contribuye a garantizar que los pagos de la Unión puedan ajustarse a sus compromisos.

Un presupuesto de inversiones de siete años es un firme factor a la hora de hacer previsiones. Sin él, sólo podemos comprometer cantidades de año en año, lo que supondría un grave revés en toda Europa para científicos, entidades benéficas y universidades, para autoridades locales y regionales. Proyectos ambiciosos y vitales dependen de él. En un momento en el que está empezando a volver poco a poco la confianza en nuestras economías, será un signo positivo dejar sellada esta perspectiva europea para los próximos siete años.

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