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El futuro de Europa
«Llegará un día en que todas las naciones del continente, sin perder su idiosincrasia o su gloriosa individualidad, se fundirán estrechamente en una unidad superior y constituirán la fraternidad europea.Llegará un día en que no habrá más campos de batalla que los foros en los que compitan las ideas. Llegará un día en que las balas y las bombas serán sustituidas por los votos». Más de un siglo ha tenido que transcurrir para que este discurso premonitorio y profético de Víctor Hugo, pronunciado en 1849, pasara de la utopía a la realidad. Dos guerras mundiales, innumerables conflictos intraeuropeos y millones de muertos han jalonado ese lapso de tiempo y ha habido momentos en los que parecía haberse perdido toda esperanza. Hoy en día, la primera década del siglo XXI se anuncia bajo mejores auspicios, pero también llega con nuevas dificultades y desafíos para Europa. La Unión ha superado una ampliación sin precedentes. Como ha señalado un político de uno de los nuevos Estados miembros, «Europa ha podido reconciliar, al fin, su historia con su geografía». En el futuro, la Unión Europea acogerá a nuevos miembros, pero, entre tanto, sus gobernantes habrán de escuchar atentamente a la opinión pública y decidir dónde trazar las fronteras geográficas, políticas y culturales. La Unión Europea es un pacto entre naciones soberanas que han resuelto compartir un destino común y ejercer conjuntamente una parte creciente de su soberanía. Guarda relación con las aspiraciones más profundas de los europeos: paz, bienestar económico y físico, seguridad, democracia participativa, justicia y solidaridad. El pacto se está consolidando en todo el Continente: 500 millones de seres humanos han decidido vivir bajo el imperio del Estado de Derecho y de conformidad con valores seculares centrados en el ser humano y su dignidad. La revolución tecnológica en curso está transformando radicalmente la vida en el mundo industrializado en el que se encuentra Europa. Lo fundamental es comprender que esto plantea nuevos retos que trascienden las fronteras tradicionales. El desarrollo sostenible, el equilibrio demográfico, el dinamismo de la economía, la solidaridad social o las respuestas éticas ante los avances de las ciencias de la vida son cuestiones que ya no pueden abordarse eficazmente a escala nacional. Asimismo, debemos mirar a las futuras generaciones.
El proceso de la integración europea repercute ya en todo el Continente, que, a su vez, forma parte de un mundo en rápida y profunda transformación para el que es preciso encontrar nuevos puntos de equilibrio. Las relaciones con el mundo islámico, el hambre y la enfermedad en África, las tendencias unilateralistas de los Estados Unidos, el dinamismo del crecimiento económico en Asia o la deslocalización de la industria y el empleo a escala mundial son fenómenos que también afectan a Europa, que debe concentrarse en su propio desarrollo y sumergirse, a un mismo tiempo, en la globalización. Las instituciones de la UE han acreditado su valor, pero deben adaptarse para poder hacer frente a la ampliación de la Unión y al número creciente de tareas que recaen en ellas. Cuanto mayor es el número de Estados miembros de la UE, más se intensifican las fuerzas centrífugas que amenazan con desmembrarla, y los intereses a corto plazo pueden, con excesiva facilidad, acabar frustrando las prioridades a largo plazo. Por ello, los protagonistas de esta aventura sin precedentes deben asumir sus responsabilidades para garantizar que el sistema institucional europeo continúe funcionando eficazmente. Cualquier reforma definitiva del actual sistema debe garantizar la pluralidad y el respeto de las diferencias que constituyen la riqueza de Europa. Las reformas deben centrarse también en el proceso de adopción de decisiones. La búsqueda sistemática de la unanimidad conduce necesariamente a la parálisis. Sólo podrá funcionar un sistema político y jurídico dotado de pesos y contrapesos y basado en el voto mayoritario. Los cambios prácticos para adaptar la estructura de la UE, pensada originalmente para seis miembros, a la realidad de los Veintisiete, se incorporan en el Tratado de Lisboa firmado en 2007, pero no entrarán en vigor hasta que lo hayan ratificado todos los Estados miembros. La UE será entonces más democrática y transparente, podrá hablar con una sola voz en los foros internacionales, se simplificarán los métodos de trabajo y las normas de votación y los derechos fundamentales quedarán garantizados mediante una Carta.
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